Capítulo I de “Ritornello: otra canción pegada a la memoria”

Capítulo I de Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Hugo Galván

Novela autopublicada por medio de Amazon

Capítulo I de Ritornello en pdf

 

RIFF I   

Parece una competencia cacofónica: en una esquina, el zumbido de la máquina de tatuajes, en la otra, las bocinas que dejan escapar “Highway to hell” de AC/DC. Un mano a mano sólo apto para tímpanos descompuestos que han perdido la medida de lo tenue. Son pocas las trompas de Eustaquio que acostumbran entrar a este territorio prohibido incrustado en el corazón de la colonia Roma; el lugar donde El Gallo se dedica a grafitear pieles acompañado por el volumen alto de la música. No cualquier puritano entra aquí.

Sirena está acostada boca abajo, tiene la espalda descubierta y el pantalón de mezclilla le cubre tan solo la mitad del culo. La mano izquierda de El Gallo pinta sobre la espalda baja de ella una estrella verde con estela de distintos tonos rojos hasta difuminar en blanco. El tatuador dibuja algunos centímetros y pasa una toallita húmeda para quitar los grumos de tinta.

Se trata del tercer tatuaje de Sirena. El primero se lo hizo hace un año: una huella de perro con unas tibias cruzadas al estilo pirata que sirven de logo para una banda de post punk llamada Mis Mascotas Muertas; lo tiene en la parte alta de la espalda, a la altura del hombro. El segundo tiene poco tiempo, hace apenas tres meses, El Gallo escribió Violeta, el nombre de una banda de pop, en el tobillo zurdo.

La piel blanca de Sirena sirve de contraste perfecto para las pinturas de su cuerpo. Además, como buena modelo, sabe lucirlas, aprovecha su silueta delgada para ponerse ropa ajustada, tops que no estorben la vista de la huella del perro muerto, o sandalias con pantalones de pescador para presumir el violeta profundo del logo de la banda de Ciudad Satélite. Su pelo es quebrado y largo, pintado de rojo. Originalmente era negro, pero en la secundaria comenzó a entintárselo. Primero fue güera, el gusto le duró poco, y algunos meses después cambió al rojo definitivo que luce ahora.

El Gallo tatúa. Ella mira las paredes del local adornadas con pósters de Suicide Girls, pasa la vista hacia la computadora de la que sale la música, de nuevo vuelve la vista a la pared, cierra los ojos, bosteza y mira la computadora de nuevo.

–¿Ahora qué estás bajando? –pregunta ella para quitarse el aburrimiento. El Gallo aleja la máquina de tatuajes de su piel y contesta cortante:

–¿Qué pasó? –la pelirroja hace un movimiento con la mano para que el tatuador baje el volumen de la música. Él le pasa el control del búfer para que ella ponga el nivel que quiere, la mira a los ojos.

–Dije que ahora qué estás bajando –repite casi gritando aunque la música ya es mero fondo.

–Nada –responde él al mismo volumen de la pelirroja–. La semana pasada le cayó un virus a la máquina…

–Ya no bajes tanto porno –interrumpe Sirena con sorna. Él ríe y aclara:

–Para nada, para eso está RedTube –guardan silencio unos segundos, pero gracias a la música de fondo no se sienten incómodos. El Gallo decide continuar su trabajo–. ¿Te duele? –pregunta en voz baja y sin dejar de manipular la máquina de tatuajes.

–No, el que sí me dolió un poco fue el de Violeta, no usé tines unos días.

–¡Qué niña! –bromea El Gallo. Sirena le recuerda en tono divertido que tiene piel de princesa, él afirma con la cabeza al ritmo de la música–. También tienes las nalgas de una –no puede evitar agarrarle una pompa con la mano derecha.

–No seas tentón –reclama ella, voltea hacia El Gallo, le da un manazo para después recostarse de nuevo–. Síguele –pide.

–¿Manoseando o trabajando? –pregunta él con tono lascivo.

–Trabajando que para eso te voy a pagar, si fuera lo otro tú lo tendrías que hacer –responde ella con los ojos cerrados y la cabeza recostada sobre sus brazos cruzados.

 

Se conocieron en el Tianguis del Chopo hace varios años, antes de que se construyera la Biblioteca José Vasconcelos y cuando los patinetos aún podían hacer sus hazañas en la banqueta de Eje 1 Norte. Él cayó a sus pies, literalmente, cuando ella y sus amigas caminaban por el lugar. El Gallo trató de hacer un kickflip, sin embargo la patineta se atoró en la entrepierna de su pantalón baggy, él perdió el equilibrio, trató de no caer, dio algunos pasos rápidos y largos hacia la banqueta. La gente que estaba sentada en esta se hizo a un lado, él intentó no tropezar pero su esfuerzo fue en vano. La punta de su pie izquierdo pegó en el borde de cemento que en algún momento fue amarillo y cayó justo cuando Sirena y sus dos amigas pasaban por ahí. Las tres gritaron asustadas, él se quedó inmóvil un instante sobre el suelo mientras algunos de sus amigos, todavía riendo a carcajadas, se acercaban para burlarse del caído. La única que le extendió la mano fue Sirena. Ella trataba de ocultar su risa y, aunque El Gallo se dio cuenta, aceptó su ayuda, se puso de pie y coqueteó:

–¿Ves cómo me traes, güera? –Sirena y sus amigas se alejaron sacadas de onda. El Gallo la siguió con la mirada. Se sentó en la banqueta para sobarse.

–Van ustedes, cabrones, que sí me dolió –reclamó a sus amigos sin dejar de sobarse la rodilla y viendo fijamente a la muchacha güera y sus dos amigas alejarse.

Esa misma tarde se volvieron a encontrar en el andén del metro Sevilla, ambos estaban solos. Él notó que ella se puso nerviosa y se le acercó.

–Te ofrezco unas papas –extendió su mano que cargaba una bolsa de papas fritas ahogadas en salsa Valentina y limón–. Por haberme ayudado hace rato. No te preocupes, no tienen drogas ni nada por el estilo –avisó él al ver que la niña incrementó su expresión de angustia. Sin embargo, ella intentó ignorarlo y seguir caminando, él trató de detenerla pero ella aceleró su paso. El Gallo no hizo más por acercársele y se conformó con quedarse parado viéndole el culo a Sirena por segunda vez en el día. Ella vestía pantalones de mezclilla entubados y el movimiento de caderas dejaba ver lo sensual que ya era a sus quince años.

 

–Ya, Sire, despiértate, ya terminé –El Gallo deja su máquina para tatuar sobre una mesa de metal parecida a la de un consultorio médico, se quita los guantes blancos y se talla los ojos. Por un momento observa con lujuria a Sirena, la tiene recostada boca abajo; sus manos desean poder acercarse a ese talle tan seductor. Quiere besarle la espalda descubierta e ir bajando por la línea de su columna, llegar a los Hoyos de Venus, regocijarse en esos lugares tan pequeños capaces de causar tanta felicidad a la vista, para después continuar el camino hasta su… Sirena se mueve, él dirige de inmediato la mirada hacia otro lugar, ella se acomoda de lado y antes de abrir los ojos le habla a su amigo.

–Soñé contigo. Es gracioso, estábamos tocando algo muy loco, como jazz. Tú tocabas uno de esos silbatos que usan para llamar a los patos, yo tocaba una flauta de secundaria y me escondía detrás de un… como trono, donde estaba un guitarrista al que nunca vi. Todos andábamos bien felices tocando, muy divertido. Nuestro concierto estaba casi vacío pero había aplausos –Sirena abre los ojos y ve a El Gallo sentado junto a la computadora–. ¿Te gustó mi sueño? –pregunta.

–Está raro. ¿Qué te fumaste hoy, eh? –rebota él.

–Nada, sabes que no es mi hit andar quemando –le recuerda mientras se pone boca arriba. Sus senos se yerguen y Gallo no puede evitar apreciarlos.

–Hablando de diversión, hoy hay peda en la casa del Alekz, vamos, ¿no? –Sirena bosteza ante la invitación del Gallo. Antes de contestar le hace otra pregunta.

–¿Ya puedo ver mi tatuaje? –El Gallo se para de su asiento, se coloca junto a Sirena y le extiende la mano.

–Señorita, la invito a que vea usted su tatuaje nuevo –Sirena le da la mano al tatuador y se levanta, se dirigen a un espejo de cuerpo completo en el que ella posa mientras sonríe.

–La banda se llama Skarcha Spacial. Son como nueve. Bien divertidos los chavos. Me gustan, ¿ahora ya me puedo subir los pantalones? No me gusta andar con las nachas de fuera –El Gallo suelta una carcajada sarcástica.

–Ajá, ¡sí, cómo no! –el tatuador pega su mano a su pantalón para evitar darle otra nalgada a la pelirroja.

 

La primera ocasión en que Sirena subió a la nave medio destartalada del Gallo fue un jueves de febrero de 1993, el día más feliz en la vida del ahora tatuador. Metallica llegó por vez primera a México y también fue la vez primera en que ambos salieron formalmente como pareja después de varias semanas de cortejarse. La aún güera apenas se iniciaba en el rock, era una neófita, no comprendía bien la importancia de ver a esa banda en vivo. En lugar de enojarse, El Gallo prefería cacarear sus conocimientos mientras manejaba con el disco negro de fondo, por supuesto, al volumen indicado para que los carros que pasaban junto a ellos los vieran con incomodo.

Él se sentía como si fuera el papá de Sirena, exponiéndole todos sus conocimientos y llevándola a lugares que ella desconocía. Por momentos, se imaginaba que Sirena lo idolatraba, que él se había vuelto un dios para la menor de edad. Se enorgullecía de eso, pero su amor hacia ella no era ágape, tenía intereses claros en desvirgar a su Doncella de Hierro, como le decía, antes del matrimonio.

 

Ahora ella viaja con la ventana de esa misma nave como almohada, ve al horizonte lleno de cruceros, semáforos y gente que atraviesa corriendo las calles que resaltan del fondo de nubes grises. El silbido de los frenos viejos de la combi Volkswagen del Gallo apenas logra superar en decibeles a la música de Mastodon. El ruido no la deja dormir cómoda, sin embargo aun así se encuentra en el letargo previo a una fiesta que durará toda la noche. Pero antes se dirigen al departamento de la recién tatuada. El Gallo conoce a la perfección el camino. Ha vivido ahí: recibieron juntos el nuevo milenio, solos, cogiendo. Los entonces recién consortes hicieron de la herencia del padre de ella su nido de amor cuando intentaron compartir sus vidas.

 

Antes de ir a ver a Metallica, la pareja se había frecuentado en el Tianguis del Chopo, recorría los pasillos mientras se interrogaban el uno al otro. Ella le contaba su deseo de ser psicóloga, él no tenía con qué contestar, entonces solo le importaba el metal y las borracheras, no qué quería ser de grande. En su familia se lo habían preguntado pocas veces, a su madre le preocupaba más darle de comer a sus cuatro hijos; mientras, su papá, quizá, vivía tranquilo con otra mujer y otros hijos. Gallo estudiaba en el Bachilleres, o como le decía a Sirena, Vasiquieres. No iba a la escuela para forjarse un futuro mejor, lo hacía por huir de su casa, de los berridos de su hermano menor, los caprichos de su hermana, las peleas con su otro carnal y los constantes regaños de su madre: Ya deberías de mantenerme, cabrón­, le recriminaba ella para siempre concluir: Que para eso eres el mayor.

El mundo de Sirena era diferente, su mamá no tenía que compartir lavadero con otras mujeres de la vecindad, su familia, en cambio, tenía lavadora propia. Su papá trabajaba de sol a sol para mantener el nivel de vida en la Anzures. Sirena solo se tenía que preocupar por su boleta de calificaciones. En la comida dominical de casa de la abuela le preguntaban los tíos religiosamente: ¿Y a qué dices que te quieres dedicar? para después discutir si le convenía más ir a la universidad en busca del marido que la mantuviera por el resto de su vida o hacerse una mujer independiente en el México de los noventa.

Aquel mundo se fue al caño cuando el cáncer de páncreas le arrebató la vida al papá de Sirena en menos de seis meses. La mamá de Sirena, ama de casa, encontró la manera de superar la pérdida entre vasos llenos de alcohol que se ocupaba en vaciar. Las peleas entre Sirena y su mamá arreciaron, la adolescencia de la huérfana contrastaba con la menopausia de la recién viuda. Reñían por los aparatos que se tenían que empeñar, por la añoranza del refrigerador lleno, por el crecimiento de sus deudas, por la vida que se incineró con el padre, pero, principalmente, por los celos de la mamá hacia Sirena. Que su esposo le hubiera dejado el departamento en herencia a su hija y no a ella le hizo abrir los ojos: él siempre estuvo enamorado de su propia hija. Él la apodó Sirena.

Mientras la mamá de Sirena se ahogaba entre botellas cuando llegaba el dinero de la pensión con tal de tener un vínculo con el esposo muerto, o de olvidar la sospecha del secreto del difunto, la reacción de Sirena ante la ausencia de su padre fue más simple: se cambió el color del cabello, no quería parecerse en nada a su mamá alcohólica. También le dieron ganas de aprovechar cada momento de su vida, no quería morir como su padre: joven y con sueños pendientes. Cambió de amigas y el interés en ser psicóloga fue quedando atrás hasta ser una imagen borrosa como la de los sueños al despertar. Con sus nuevas relaciones encontró el gusto por la música. Hasta entonces sabía que existía algo con ese nombre, en los festivales de la primaria la bailaba, pero no comprendía, ni le interesaba, la diferencia entre los Beatles, Caifanes, Nirvana y Menudo.

Cuando le confesó a sus nuevas amigas que al bañarse solía escuchar Yo 102, ellas le aplicaron la ley del hielo hasta que les demostró que ya había escuchado Rock 101. La Courtney y Betty comenzaron así un curso intensivo para enseñarle a Sirena lo que ellas creían era esencial en el rock. Primero le pidieron que se aprendiera la letra de alguna canción.

 

Polly wants a cracker.

 

–¿Sí sabes que Kurt Cobain es esposo de Courtney Love? –indagó la niña que lleva como apodo el nombre de la concubina del líder de Nirvana.

–Hmm… no –contestó Sirena después de algunos segundos.

–Pues ya lo sabes –la apodada Courtney sonrió con ese gesto de superioridad que hasta ahora la acompaña.

–Amo Nevermind –interrumpió Betty para después soltar un largo suspiro–. Pero amo más a Kurt Cobain –acto seguido, las tres niñas se quedaron sin aliento mientras veían al vacío como si tuvieran cerca al guitarrista–. Lo malo es que “Smells like” la chotearon, ¿no? Ahora a cualquiera le gusta Nirvana –reclamó Betty, la niña gorda.

–¿Sabían que el nombre de esa canción lo sacó de Kathleen Hana? –La Courtney se enorgulleció de nuevo al darse cuenta de que sus dos amigas no respondieron y la veían con admiración.

–¿Ella quién es?

–Es la cantante de una banda que se llama Bikini Kill, es de puras mujeres. Ella alguna vez dijo Kurt smells like Teen Spirit, refiriéndose a los desodorantes esos de Teen Spirit. Y de ahí se basó Kurt para ponerle a la canción –Sirena y Betty asintieron con la cabeza como si estuvieran en una clase en la que debían demostrar que ponían atención.

–¿Y tú como sabes?

–Porque lo leí y aparte me gusta la música de Bikini Kill. Tienen una que se llama “Carnival” que está buena: I wanna go, I wanna go, I wanna go to the carnival –Courtney levantó su brazo flaco e hizo la mano cornuta mientras movía los popotitos como si estuviera en el slam–. A ver si mañana les traigo el cassette en el que la tengo, también viene otra banda que se llama L7, también de puras chavas.

–¿Y si hacemos nuestra banda? –propuso Betty aplaudiendo a la par que colgaba una sonrisa en sus cachetes sinuosos–. Igual de puras mujeres…

–Y le ponemos The Bitches, que nuestro logo sea una mosca muerta, ¡jaja! –irrumpió La Courtney para provocar las risas de sus amigas.

–¡Sí! Nosotras tres: tú tocas la guitarra y cantas, Sirena que toque el bajo y yo le doy a la bataca, ¿qué les parece? –distribuyó Betty

–Pero yo no sé tocar el bajo.

–No importa, ese nadie lo escucha.

–Tú sí tocas la lira, ¿no, Courtney?

–Algo, pero con dos o tres acordes ya la hicimos, mi maestro de guitarra dice que así le hacen todos ahora.

–¿Tú tienes batería? –preguntó Sirena a Betty.

–No. ¿Serán caras?

–Sí, mucho, el día que fui a Mesones para ver guitarras eléctricas vi que las baterías estaban bien caras –Courtney se regocijaba al darse cuenta de que era la que más sabía del tema.

–Creo que un tío tiene una –recordó Betty–. Dice que tuvo una banda hace unos años, pero como fracasaron, ahora la usa como perchero –las tres niñas rieron al imaginar la batería con calcetines y calzones sucios colgados en los platillos.

–Ya estamos. Nada más falta tu bajo, Sirena –la recién güera se quedó pensativa ante el comentario de Courtney.

–No sé si mi mamá quiera gastar en comprarme un bajo.

–Ya si no, vamos al Chopo. En una de esas ahí encontramos uno usado barato –propuso la de popotitos.

–¿El Chopo? –Sirena arqueó las cejas.

–¿No sabes qué es el Chopo? ¡Cómo crees? –protestó Courtney mientras alzaba los brazos–. Hay que ir el sábado. ¿Sí sabes andar en metro? –Courtney clavó su mirada amenazante sobre Sirena.

–… poquito –respondió ella cabizbaja para no quedar mal.

–¿Qué metro queda cerca de tu casa?

–Sevilla.

–Nos vemos entonces el sábado ahí a las once en punto, debajo del reloj, dirección Pantitlán, ¿sale? –concluyó Courtney después de ver el gesto afirmativo de sus amigas.

 

Sirena estaba colorada y no podía ocultar su sonrisa. Courtney y Betty la avergonzaban con sus comentarios, temía que la gente que caminaba entre Sol y Luna escuchara lo que le decían.

–¡Uhhhh!

–Amiga, tu primera vez aquí y ya ligaste.

–Pero está medio feíto el chavo, ¿no? –Courtney río sardónicamente.

–Ay, no sean así –lo defendió Sirena–. No está tan feo.

–¡Está horrible! –interrumpió la más rellena de ellas para después soltar una sonora carcajada.

–¿Vieron su peinadito como de punk?

–Sí, ¿nos irá a hacer algo? –la güera peló los ojos y volteó a ver a su alrededor para checar que el patineto no las estuviera siguiendo.

–Tranquila, esos chavos nomás se la pasan patinando allá. Y si quiere hacer algo se me hace que nada más sería a ti. Te comía con los ojos –Courtney la abrazó y le acercó la boca al oído–. ¿Ves cómo me traes, güera?, jajaja. Primero debería aprender a patinar y luego dárselas de galán.

El trío de estudiantes caminaba por uno de los pasillos del Tianguis del Chopo. La Courtney y Betty ya lo habían visitado pero aun así se detenían en cada uno de los puestos para ver qué había de nuevo. Sirena observaba todo con admiración. Los peatones y sus atavíos: el calzado militar de los anárquicos, las cucarachas de cuatro ruedas de los patinetos, pantalones de mezclilla raídos, pelos de colores, mohawks, rastas, las mochilas para guardar los libros de Donceles y las chelas, chamarras de cuero sucias, pulseras y collares puntiagudos para sacar a pasear al rebelde que todos tenemos dentro, lentes oscuros que disfracen los ojos rojos, los tatuajes en las paredes, los grafittis en la piel, el cielo azul de los puestos, hasta la victoria siempre de los Pumas y del Che, las piochas, pantalones de mezclilla que aprietan hacia afuera, ojos de cristal graduado sobre un armazón viejo, tenis gesticulantes, gorras, la piel de mezclilla pegada a las piernas, morrales artesanales, bolsas inmensas para mujeres, los estoperoles fulgurantes, las medias lunas perforadas en las cejas, el negro aterciopelado de los góticos, las cuadrículas blanquinegras de los skatos, aros en los lóbulos de las orejas, los dulces de los punks, cinturones cabezones que muerden sus propias colas, cabezas rapadas, faldas y minifaldas, playeras negras con nombres indescifrables de bandas de metal, las papas y las nieves itinerantes, el vendedor de caries y cáncer, el arcoíris rasta de líneas verdes, amarillas y azules, en fin, apreciaba cada detalle del ágora donde tribus compuestas por parias, adictos, artistas, intelectuales y las gloriosas castas que surgen de ellos se vuelven sedentarias por un día para después continuar su diáspora por la Ciudad de los Palacios. Hasta entonces, Sirena creía que lo más rebelde era pintarse el pelo de rubio, bajar sus calificaciones y dejarse de comprar su perfume de niña de la Anzures. Aquellos olores jamás los olvidaría: el incienso del inicio y la marihuana del final; las estopas bañadas en thiner que un chavo banda atesora en su mano pegada a la nariz, los churros hechos con los flyers de las tocadas de la semana y el ritual de esparcir la hierba en el papel babeado; Aquí no se puede quemar, hermano, denuncia uno de los puesteros. Lo que más le impactaba era el paisaje sonoro, la mezcla que podía existir entre “Bar Tacuba”, “Covered with sores”, “Handsworth revolution” y la bocacalle musicalizada por una banda nueva que, enaltecida por una tarima de cemento, buscaba ganarse al público exigente vigilado por una planta de Luz y Fuerza.

El chillido del freno despierta a Sirena.

–Es la segunda vez en el día que te tengo que levantar, mi’ja –reclama El Gallo mientras desconecta su Nokia del estéreo de la nave.

–¿Vas a querer comer algo antes de irnos? –invita Sirena mientras bosteza y levanta los brazos hasta golpear el cielo descosido de la combi.

–Algo de botanita no me caería mal mientras te arreglas –voltea a escanearla–. Que yo creo que será un ratote –ella le da un golpe en el brazo.

–Ash, cállate –El Gallo baja de la combi, se estira y voltea a ver la torre de departamentos, exhala.

–¿Cómo pueden hacer eso con cuatro cellos? –la sonrisa de Sirena, sus ojos circundados por sombras negras y su pelo, desde entonces rojo, eran iluminados por las luces de un carro estacionado dispuesto despedirse del concierto de Apocalyptica en el Teatro Ferrocarrilero.

–No sé, pero están cabrones. Quiero aprender a tocar el cello –bromeó Gallo para transformar la sonrisa de Sirena en una carcajada. El Gallo acarició la piel de nieve de ella, se besaron.

–Te amo, mi Doncella –susurró a sus labios.

–Yo te amo más –contestó ella para continuar besándose.

Gallo se hizo para atrás y observó el brillo de los ojos de Sirena, era mayor que el de las luces de los carros. Ella sonrió. Se quedaron así un momento, apreciándose.

–Quédate en mi departamento –Sirena tomó la mano de él. Suspiró–, para siempre –El Gallo se sorprendió. Boquiabierto, cerró los ojos para después contestar con una sonrisa.

–¿Es en serio?

–Sí.

–¿Y tu mamá?

–Se va a ir a vivir fuera. Ella no importa. Quiero que vivamos juntos.

El Gallo no lo pensó y la volvió a besar. Se fundieron a la luz de naves que vaciaban el estacionamiento del lugar.

 

El ruido de la regadera inunda el departamento. El Gallo transita entre los muebles que cambiaron de posición después de su partida. Lleva en sus manos una bolsa grande de Doritos que no suelta. Se dirige a la ventana en la que se puede ver la Torre Mayor y parte del Castillo de Chapultepec. Exhala sobre ella. Voltea a ver hacia el baño para asegurarse de que Sirena sigue dentro, de nuevo percibe la caída incesante de agua sobre el mosaico. Se dirige hacia el vidrio recién empañado para dibujar una carita triste y escribe una palabra que ya no volverá a pronunciar: doncella. La observa desaparecer.

 

–¡Estás pero si bien pendejo si crees que soy de tu propiedad! –Sirena apenas podía mantenerse de pie y aun así amenazaba al Gallo con la mano con la que también sostenía un vaso de plástico con algo de tequila.

–¡Pinche puta! –exclamó él al golpear una mesa–. ¿No puedes mantener las pinches piernas cerradas? –Sirena le aventó el contenido de su vaso.

–¡Qué si me quiero coger a otro? Ni siquiera estamos casados.

–¿Vas a echar a perder diez años? –El Gallo pasó la mano sobre su chamarra de cuero manchada por la bebida y después se la quitó.

–¿Y ya por eso me vas a querer aquí encerrada? ¿Para qué? ¿Para lavar tus pinches calzones? ¿Para tener cuatro chamaquitos chingando? ¡No soy tu mamá! –ella se dirigió a la mesita de centro de la sala, dejó el vaso de plástico y agarró la botella de José Cuervo.

–¿Desde cuándo te lo estás cogiendo, eh? Me cae que lo sabían todos tus amiguitos que vinieron y yo aquí poniendo cara de pendejo. Y todavía lo saludo al güey: Qué chingón que sí viniste al cotorreo –El Gallo aventó la chamarra a la mesa del comedor en la que había golpeado antes.

–Lo conocí hoy –contestó ella desafiante. Él se llevó una mano a la cintura y la otra a la frente. Le dio la espalda a Sirena y caminaba en círculos.

–¡No mames! ¿Sabes la de viejas que he tenido chance de tirarme pero por ti no lo he hecho?

–Allá tú. Desde el principio quedamos que iba a ser unión libre –Sirena juntó las palmas de las manos con la botella de tequila en el centro–. Unión porque íbamos a vivir juntos. Compartir la cama –después las separó y llevó los brazos a los extremos–. Pero íbamos a conservar nuestra libertad. Y eso te lo pedí desde que trajiste las cajas con tus pinches cassettes.

–Tampoco era como para cogerte a otro y menos aquí cuando yo estoy –Gallo barrió con la mano la ceniza tirada en el asiento de una silla y se sentó cabizbajo. –¿Qué le viste? Ni siquiera está guapo.

–Empezamos a platicar, lo trajo Courtney. No está guapo pero es gracioso. Y como estábamos tomando –la palabra la hizo recordar la botella que tenía en la mano y la llevó a la boca. También se sentó. –Vi que la tenía parada… se me antojó. No lo pensé –contó sin mirarlo.

–¿Cuántas veces lo has hecho? –Sirena no contestó, volvió a tomar de la botella y siguió sin verlo a los ojos. –¡Que cuántas veces lo has hecho? ¡Contéstame, pinche zorra!

–¡No me vas a hablar así en mi casa! –ella se levantó furibunda pero perdió el equilibrio y volvió a caer en el sillón–. Es más. Ya lárgate –chasqueó los dedos.

–A güevo que me voy –El Gallo se puso de pie y agarró su chamarra. Se dirigió a la puerta, antes de salir algo lo detuvo–. ¿Te has cogido a alguno de mis cuates? –ella se quedó de nuevo en silencio ante el dedo índice que, tembloroso, la amenazaba.

–¡Ya vete! –espetó ella, El Gallo gruñó bajo el umbral de la salida.

–Mañana vengo por mis cosas.

–Ya van a estar afuera –él azotó la puerta. Bajó corriendo las escaleras. Al salir se puso su chamarra. Se metió en su combi y prendió la radio.

¿Qué deseos tienes para este 2003?

Lo clásico: salud, dinero y un amorcito por ahí. Ojalá que todos los que nos escuchan inicien tan bien el año como nosotros nos la estamos pasando aquí.

Y para continuar esta fiesta de año nuevo, ya están con nosotros Los Tucanes de Tijuana con “La chica sexy”. Todos a…

El Gallo golpea el volante y prefiere poner Songs for the deaf.

 

–Ya estoy lista.

Gallo está sentado en un banco alto, atento al movimiento de las nubes que pasan detrás de Torre Mayor. Al escuchar a Sirena voltea a verla, la escanea de abajo a arriba. Como siempre, ella sabe lucirse sin complicaciones. Lleva tenis Adidas blancos con tres franjas azules diagonales a los costados, las agujetas se esconden en la mezclilla deslavada que cubre parte del calzado. Sus piernas largas y torneadas están disfrazadas de mezclilla azul clara, el fin del pantalón está en su cintura. Lleva un cinturón blanco que al ajustarse a su talle baja para bailar con sus muslos. Blusa negra pegada y lo suficientemente corta para dejar que su nuevo tatuaje de la espalda baja se asome al igual que su vientre plano, blanco y terso. Sus senos, presos a la prenda, buscan una salida; la tela parece no poder contenerlos, tiene pliegues que muestran su esfuerzo por detener uno de los principales atractivos de la pelirroja. Su pelo ondulado cae en aguacero, bestial y fugitivo, sobre sus hombros y su espalda; indomable como ella. Maquillaje discreto, lápiz labial rosa cremoso que invita a lamer sus labios, y las sombras negras periféricas a sus ojos. Gallo queda boquiabierto, ella ríe y se acerca a la puerta para apresurar la salida. Él, autómata, la sigue pero no camina, levita enganchado a la fragancia edénica de ella. En cuanto Sirena abre la puerta, el aire frío asalta al departamento, ella regresa a su cuarto y se pone una chamarra de cuero café que también permite presumir el logo de Skarcha Spacial. Sube el cierre de la chamarra, la arremanga y regresa con El Gallo.

–Ahora sí, ya estoy lista.

 

La casa de Alekz luce repleta, vomita gente que permanece en las banquetas a la luz de un faro intermitente. Desde afuera se escuchan los bajos de “Whoo! Alright – Yeah uh uhu” de The Rapture. Sirena comienza a bailar en la calle, salta y da una vuelta sobre su propio eje con los brazos abiertos, grita, se baja el cierre de la chamarra y corre hacia la fiesta ante las miradas de fauno que le echan los visitantes callejeros. El Gallo se queda atrás, sabe que no la volverá a ver.

El tatuador es recibido por un tipo de lentes cuadrados de pasta dura y camisa a cuadros que le da a beber de su cerveza. Ambos asienten con la cabeza. Sigue su camino en busca del Alekz. La música rebota en las paredes iluminadas por un estrobo que relampaguea luces azules, verdes, rojas y amarillas. El escenario en el que los pies del DJ se mueven de un lado a otro apenas está sobre el nivel del suelo. Parejas y solitarios mueven la cabeza, levantan las manos con sus botellas de cerveza o vasos de plástico con un hielo al ritmo de la música. El Gallo camina y esquiva los brazos serpenteantes de la gente, se detiene y voltea a ver si, de casualidad, encuentra a Sirena. No la ve y continúa su búsqueda por el anfitrión.

–¿Qué pedo, güey? ¿Has visto al Alekz? –pregunta a un tipo estático de ojos rojos que se entretiene viendo la dinámica de sus luces a través de su vaso desechable.

–Pfff, ya tiene rato. ¿Ya fuiste arriba? Ha de andar por allá.

–Vientos.

En cuanto llega a las escaleras, escucha la risa de su amigo que está rodeado de mujeres delgadas y coquetas, no hace falta describir su poca ropa, al pie del último escalón. Alekz lo ve desde arriba, enrosca los dedos de su mano derecha y se los avienta al tatuador.

–Güevos, pinche Gallo –ambos ríen mientras las mujeres que rodean a Alekz voltean a ver al recién llegado.

–Güevos, pinche Alekz –las mujeres se unen al coro de risas de los amigos. El Gallo abraza al Alekz para después ser presentado ante las desconocidas.

–Este güey es un tatuador vergudo. Si quieren una chichi o una nalga pintada, él es el indicado –la música de The Rapture se mezcla con “Newcomers” de The Comsetics, la cual es bienvenida entre gritos.

–¿Qué pedo con la música, eh? ¿Quién es ese güey? –El Gallo señala al pinchadiscos que no deja de moverse sobre su escenario improvisado.

–¿A poco no lo conoces?

–Nel.

–Es un compa de Los 40, es el locutor de mi programa, El Lüger, y ahora está en su etapa DJ –el anfitrión explota una carcajada que es seguida por la de sus acompañantes–. Pero no te creas, él nos trajo a nuestras amigas –los brazos de Alekz no se dan abasto para apretar contra sí a las mujeres que lo acompañan –Y tú, qué pedo. ¿Vienes solo?

–Vine con la Sirena, pero ya sabes: es lo mismo que venir solo.

–Niñas –Alekz se dirige a sus compañeras–. A este güey me lo tratan como si fuera yo –el anfitrión guiña al tatuador cuando una de las acompañantes abraza al Gallo y le saca la lengua a las otras.

–Él es para mí solita –dice la coqueta. Todos ríen.

–Pues vámonos por algo, ¿no? –invita Gallo a su ligue de pelo corto y que también lleva lentes cuadrados de pasta dura.

La escalera de revestimiento recibe los pasos cuesta debajo de los tenis rotos del Gallo y de las botas de su acompañante. Van con cuidado de no resbalar entre líquidos desperdiciados y esquivan personas que platican alejadas del estruendo de las bocinas. Por momentos, El Gallo y la mujer de minivestido negro con mallas rojas se voltean a ver para sonreírse. Ella lo toma de la mano para apresurar su llegada a la barra.

 

El tatuador se abotona el pantalón raído y se sienta a la orilla de la cama. Antes de ponerse la playera, mira a la mujer de lentes de pasta dura tratar de ajustarse el sostén.

–¿Me ayudas? –ella le entrega su espalda tostada. Gallo intenta, con torpeza, cumplir el favor.

–Es que…

–Estás más acostumbrado a desabrocharlos. Todos dicen eso –interrumpe ella.

–Ya quedó. No, es que algo le pusieron al chupe. Soy experto en poner sostenes –dice él con ademán de galán de telenovela matutina. La risa de ambos evita que los gritos y la música de afuera entren al cuarto decorado con sus prendas sobre los muebles.

Ella voltea a ver al Gallo para sonreírle una vez más. Él no la había observado antes, hasta ese momento solo había sido una mujer sin rostro. Solo había sido un culo y unos senos, unos labios y unas manos, unas piernas y su punto de fuga buscado. Sin sus lentes, el café profundo de sus ojos pequeños acentúa el rojo de su ropa interior, la cual, por alguna extraña vanidad femenina, combina con las mallas que ahora están sobre el suelo alfombrado. Él nuevamente la besa y, al separarse, la vuelve a observar. Se percata de que entre sus senos levita un colguije de metal con una Z sobre una N deformadas. Lo toma entre sus manos sin pedirle permiso.

–¿Y esto?

–Es de Zafio Nerón, ¿no te laten?

–… algunas, eh. A veces se me hacen muy azotados o muy grilleros.

–Tú muy mal –ella le arrebata el accesorio al Gallo y lo resguarda entre sus manos pegadas a su pecho. Suspira. –Ahorita estoy súper feliz –aún sentada, da un minisalto de emoción sobre la cama.

–¿Por?

–¡Regresan a México!

–¿Otra vez? Ya vinieron este año, ¿no?

–Sí, pero ahora sí se van a quedar aquí.

–Cámara –dice sin interés El Gallo. Después de un silencio, busca su playera negra entre las sábanas, halla primero el vestido de ella, se lo ofrece y luego se aleja de la cama para alcanzar su prenda que se encuentra sobre una silla de oficina con el respaldo guango. Se termina de vestir. Ambos evaden la mirada. Él es el primero en abandonar el cuarto, no sin antes dedicarle un hasta luego discreto que ella solo responde con un asentimiento de cabeza.

En el pasillo, ahora solitario, “Creep” de Radiohead parece ser más desgarradora, al igual (o más) que los gritos de quienes la washawashean. El Gallo baja las escaleras con la esperanza de no encontrarse a nadie que le interrumpa la huida. Cuando pasa por el territorio del locutor en papel de DJ, justo donde los alaridos del público al concierto ausente de Radiohead son más altos, distingue una voz empedrada que lo hace voltear hacia el ponchadiscos. Sirena está abrazada al ídolo de la fiesta, cachete con cachete. Los movimientos del DJ ahora son sobre el escenario del cuerpo de Sirena. Gallo sonríe nerviosamente y acelera su salida. Mientras la fiesta apenas inicia para Sirena, para él ya terminó.

 

 

Soundtrack de este capítulo:

 

AC / DC, “Highway to Hell”, Bon Scott/Angus Young/Malcolm Young, Highway to Hell, Sony Music Distribution, Australia, 1979.

Metallica, Metallica, Elektra, Estados Unidos, 1991.

Mastodon, Estados Unidos.

Nirvana, “Polly”, Dave Grohl/Krist Novoselic/Kurt Cobain, Nevermind, Estados Unidos, 1991.

Café Tacvba, “Bar Tacuba”, Joselo Rangel, Café Tacvba, México, 1992.

Cannibal Corpse, “Covered with Sores”, Chris Barnes, Butchered at Birth, Estados Unidos, 1991.

Steel Pulse, “Handsworth Revolution”, Selwyn Brown/Basil Gabbidon/David Hinds/Alphonso Martin/McQueen/Steve Nesbitt, Handsworth Revolution, Mango, Inglaterra, 1978.

Los Tucanes de Tijuana, “La chica sexy”, Mario Quintero Lara, Jugo a la vida, Universal Music, México, 2002.

Queens of The Stone Age, Songs for the deaf, Universal Music, Estados Unidos, 2002.

The Rapture, “Whoo! Alright yeah… Uh huh”, The Rapture, Pieces of people we love, Universal Music, 2006.

The Cosmetics, “Newcomers”, The national flavour EP, Independiente, 2008.

Radiohead, “Creep”, Colin Greenwood/Jon Greenwood/Ed O’Brien/Phil Selway/Thom Yorke, Pablo Honey, EMI, 1993.

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Ritornello: otra canción pegada a la memoria (Fragmento Riff IX)

–En esta sale, señorita, en esta sale –anima un violinista. Nuevamente se arrancan los 12 músicos, ahora tañendo con un placer más hondo sus instrumentos para invocar la apertura de la puerta que se mantiene cerrada. Por llevarte a los altares, cantaré con alegría. Alma Rosa no lo puede soportar más, se dispone a salir de su auto y callar de la forma que sea el canto pseudoamoroso de Sirena, pero en cuanto ella sale de su Spark ve que Filos abre la puerta de su casa, se queda inmóvil. El enojo de Filos por haber sido interrumpido en uno de sus mejores momentos del día no supera en emoción a la sorpresa de haber recibido, por primera vez en su vida, una serenata. Después de abrir la puerta, el músico no tarda mucho en abrazar a Sirena y darle todos aquellos besos que se tuvo que guardar en la mañana. Enfundados en el abrazo, Sirena le pide matrimonio. Él se aleja de ella unos centímetros para contemplarla: su sinceridad fulgura, al igual que aquella noche en la que le pidió disculpas; en sus pupilas se aprecia ese diminuto punto blanco que deja de manifiesto la presencia de su alma en esa proposición. Él contesta con un beso cargado con la misma sinceridad. De fondo, los mariachis celebran la consumación de su objetivo. Si nos dejan, hacemos con las nubes terciopelo. Alejada de toda esa alegría, colocada en la penumbra de su corazón, Alma Rosa derrama una lágrima seca enjugada con el sobre que guarda las fotos de la nueva infidelidad de Sirena.

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Fragmento de la novela Ritornello: otra canción pegada a la memoria.

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Otro fragmento.

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Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Íncipit “Ritornello: otra canción pegada a la memoria”

Parece una competencia cacofónica: en una esquina, el zumbido de la máquina de tatuajes, en la otra, las bocinas que dejan escapar “Highway to hell” de AC/DC. Un mano a mano sólo apto para tímpanos descompuestos que han perdido la medida de lo tenue. Son pocas las trompas de Eustaquio que acostumbran entrar a este territorio prohibido incrustado en el corazón de la colonia Roma; el lugar donde El Gallo se dedica a grafitear pieles acompañado por el volumen alto de la música. No cualquier puritano entra aquí.

Ritornello: otra canción pegada a la memoria

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Semblanza de Zafio Nerón, la banda de rock más importante de América Latina

Logo de Zafio Nerón, la banda de la Z sobre la N.

Logo de Zafio Nerón, la banda de la Z sobre la N.

Zafio Nerón es un quinteto de rock que inició su carrera en 1993. Fundado por el ex bajista, Humberto Blanco, y “Filos” (guitarra), actualmente su alineación se completa por “Chaflán” (batería), Erick de la O (bajo), “Garrocha” (teclados) y Bruno Marenco (voz), quien milita en la banda desde su primer disco.

Entre 1993 y 1999 lanzaron dos álbumes de estudio bajo el sello Culebra: Suerte de principiante (1993) y Basca blues (1996).

Después de un problema en un concierto a beneficio de las víctimas de la matanza de Acteal, la agrupación se mudó a Los Ángeles, California. Ahí logaron editar tres discos de estudio: Non grata (2001), I don’t speak English (2004), también conocido como Ñ por su portada con esa letra, sumado a que durante la presentación del mismo el grupo cambió su nombre a Zafio Ñerón; y Ser humano desechable (2007). También tienen un DVD en vivo de su gira mundial Errantes de 2008 y 2009.

A pesar de radicar en Estados Unidos, las letras del grupo siguieron siendo en español, hecho que no les quitó éxito, pues fueron parte de los carteles del Festival Lollapalooza de 2005, Coachella de 2007 y llenaron solos en dos ocasiones continuas el Madison Square Garden en 2009. Diversas publicaciones especializadas los han proclamado como la banda de rock latina más grande de todos los tiempos.

Desde su traslado a Los Ángeles, Zafio Nerón ha regresado para ofrecer sólo un concierto por año en una única ciudad de México, la cual eligen de manera aleatoria y buscan que no se repita. Su última visita a la capital ocurrió en el marco del Festival Vive Latino 2009; cabe recordar que en esa ocasión no terminaron su set aun cuando eran cabeza de cartel y solamente habían interpretado cuatro canciones. Hasta hoy, ninguno de los cinco músicos ha aclarado los motivos de esa presentación incompleta.

Aquí un riff de la lira de Filos

Para conocer la historia de Zafio Nerón, puedes checarla en la novela Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Si quieres saber más sobre Zafio Nerón o Ritornello, mándame un tuit a @hugokoatl o un correo a novelaritornello@gmail.com

Ritornello: otra canción pegada a la memoria (Fragmento Riff III)

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Imagen. A un hombre.

Comienzan el soundcheck con sus manos enredadas entre su ropa. Prueban qué tan lejos llegarán. Prueban cómo llegarían a ese lugar. El sudor inicia su torrente en la piel de ambos aún oculta a sus ojos pero que las yemas de sus dedos ya conocen. Las luces permanecen apagadas, no hay tiempo que perder prendiendo un interruptor que estorbaría mientras afinan sus instrumentos. El concierto se acerca y ellos todavía no se graban sus movimientos, no saben sus posiciones sobre el escenario, no han ensayado la entrada y no saben cómo saldrán. Son un dueto que se presentará por primera vez en una plaza acostumbrada a los grupos sorpresa, los palomazos, invitados especiales y las arias dedicadas al amanecer.

                Dos sillones rojos perfectamente limpios dan la bienvenida con los brazos abiertos, un comedor de cristal que rebota la luz lunar, una laptop desconectada pero con un LED vouyerista, botellas de licor semivacías que piden ser acabadas a gritos, las copas que las acompañan noche a noche, el piso laminado con mil conciertos trapeados, pinturas de un artista aún desconocido, los focos que con los ojos entrecerrados tratan de descifrar las figuras que se mueven debajo de ellos y las plantas sedientas que siempre mendigan el rocío a la calle son el público que agotó las entradas a este recital. Las bocinas musitan entre sí un reclamo para no permanecer calladas, sus rumores son silenciados por el ulular del viento sobre las cortinas que clama por el inicio de la presentación. Los asistentes dejan inconclusa una ola al ver la señal del arranque de su entretenimiento: la primera blusa ha caído en la espalda del suelo. Las prendas son fuegos artificiales que hacen estallar el alarido del público que celebra el estreno sin moverse de sus lugares, las ven volar hacia todas direcciones, las reciben y les abren cancha para que ellas tampoco se pierdan detalle del performance.

                Es una presentación sin pantallas, solo los más cercanos pueden observar claramente lo que sucede en el escenario, pero todos alcanzan a escuchar los primeros acordes de una canción que aún no identifican. Parece que los protagonistas siguen afinando, prueban sus volúmenes y juguetean con sus instrumentos. Sus manos son notas desatadas, libres de la jaula de una partitura hasta que los tambores por fin son percutidos suavemente por los dedos del ejecutante. El fraseo runruneante de ella se mece en adagio, sus notas largas desaparecen en la mirada penetrante de su público en espera del éxito radial que puedan corear. Ella cierra los ojos y dirige su propio videoclip al ritmo que su compañero impone. Es un pianissimo. Es una introducción ambiental con dosis de suspenso. Ambos entran en ritmo, se alegran en sus cuatro cuartos, undostrescuatro, undostrescuatro. El fraseo se interrumpe en los momentos en que ella se queda sin aire. El bombo hace su entrada triunfal. El pedal llega hasta lo más profundo de ella, que vocaliza con vibratos para hilar la melodía. Las manos de él en su cintura, un acordeón danzante que impone la armonía, mientras su lengua arpegia cada traste de la piel de ella en busca de la tónica; la encuentra en el cuello, una nota aguda que se debe de tocar en apassionato. Ya no hace falta el diapasón, están afinados y amarrados. Interpretan un free jazz de notas vagas en los huesos de ambos. Hay un silencio que no es erróneo, es el preludio a un final que ni ellos conocen. Se mezclan en ska, bailan el ritmo de la síncopa, se divierten en contrapunto de la paz nocturna. Sus brazos, sus piernas, sus cabezas suben y bajan y suben y bajan y suben y bajan. Sienten la brisa de un calor que viene de adentro capaz de iluminar todo el departamento pero no lo dejan salir, prefieren refugiarse en el reggae, en su ritmo lento. Se abrazan con el mismo sentimiento con el que un blusero resguarda entre sus manos una armónica. Se besan con la misma pasión que solo un saxofón puede imitar. Este no es el final, es un réquiem, el fin del primer movimiento de esta sinfonía. El encore termina. Ahora el pedal wah wah es el que irrumpe el silencio. Dos cuerpos en masa amorfa, no se mueven, bailan funk. Sus pasos iluminan los objetos que tocan. Sus sonrisas adornan un ritmo que no quieren que termine. De verdad se divierten, lo disfrutan. La risa de los dos goza un compás a capella para retomar la armonía en un fortissimo que les hace cambiar de ritmo. Tocan un solo desesperado de speed metal en busca de un final apoteósico. Laceran sus instrumentos. Llegan a notas altísimas, inalcanzables para los sordos y los mudos. Ellos son los únicos que las escuchan, los únicos que las crean. No hay espacio para un silencio; todo es ruido en función de un cenit. La cima está cerca, muy cerca. Los dos crean luz con un sonido. El fulgor es apasionado y llena todo el departamento de un gemido emitido a coro. Están en la última nota, la sostendrán con un vibrato hasta que el último suspiro se desvanezca.

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Fragmento Riff VII

Fragmento Riff VIII

Más información de Ritornello

Ritornello: otra canción pegada a la memoria (fragmento Riff VIII)

El Ferrari paró en el número 21 de East Bellevue Place. Desde antes de bajar, Filos quedó admirado de la fachada del Sutton Place Hotel, uno de los más elegantes de la ciudad de los vientos. Al parecer, la noche terminaría mucho mejor de como se la había imaginado: drogándose con una modelo hermosa en un hotel de lujo. Le latía el corazón al máximo. Su emoción era tanta que no puso atención al camino a la habitación. Tenía ojos solo para el culo de la ojiazul y tacto para proteger su bolsa de plástico. Filos y la modelo se detuvieron afuera de la puerta de una habitación. Antes de girar el picaporte, la mujer advirtió al músico:

–Espero que no te moleste que estén unos amigos –aún hipnotizado por el caminar de la chica ye-ye, Filos negó.

El humo no permitía ver más allá de la mano estirada y el ruido era ensordecedor dentro del cuarto. El músico identificó algunas notas de “Halleluwah” de Can. Sintió que se adentraba a un lugar desconocido. La ojiazul lo tomó de la mano. Filos no la veía, ni siquiera el perfume Chanel 5 de ella sobrevivía a la densidad de la marihuana combinada con tabaco. Ella se sentó en el suelo sobre una alfombra aterciopelada. Filos la imitó. A ese nivel se veía el cuarto a medias, la altura más baja permanecía inmune al humo agazapado arriba. Después de repasar el cuarto con la mirada, Filos se dio cuenta de que su acompañante no se avergonzaba de cruzar las piernas en posición flor de foto a pesar de llevar minifalda; podía ver el camino de sus muslos blancos hacia su braga. Parecía que la mujer quería estar acorde a la estética del cuarto y dejaba al descubierto sus niveles inferiores. Hasta entonces, Filos reparó en que quizá la cabeza de ella también estaba invadida por el humo, igual que la habitación. Sacó la bolsa que La Pietra le había dado antes, se la ofreció. Ella se la dio a una mano que apareció de la nada desde el cenit, como en una pintura apócrifa de La creación de Adán. Otra mano entregó un churro a Filos. Él miró hacia arriba, sólo vio nubes de marihuana. Entendió que era un regalo de un Dios que habitaba ese cuarto. Prendió presto un extremo del joint. Inhaló, sintió su sabor cítrico bien equilibrado y de permanencia larga. Sacó el humo de su boca disfrutando el paso del aire por sus labios. Intentó compartir con La Pietra, ella negó con la mano, esperaba su propio regalo que le enviaría alguien desde la atalaya. Mientras Filos disfrutaba de su droga, observó a La Pietra despojarse de su ropa. La deseó, pero estaba demasiado ocupado en apurar su cigarrillo. Una vez desnuda, la ojiazul lo observó y entonces fue el músico quien se sintió incómodo con su vestimenta, aprensó su cigarrillo entre sus labios y se quitó todo lo que traía. Ese Edén ya tenía a su Adán y a su Eva; faltaba la manzana prohibida. No tardó en llegar. Una jeringa cayó en la mano de La Pietra, la modelo flexionó su pierna para que la planta de su pie le quedara cerca. Miró a Filos y le dedicó una sonrisa pícara. Se picó y del azul de sus ojos comenzó a escurrir un maremoto. Sus ojos parecían derretirse. Tanto más líquido ingresara a su cuerpo, sus pupilas se precipitaban aún más. Ella mostró la jeringa vacía a Filos al terminar su contenido, él aceptó con la cabeza y le dio una última aspirada a su toque. La mano de aquel Dios le alargó una jeringa nueva y una liga. Filos apagó su cigarro y aventó la liga a otro lugar, no necesitaba resaltar sus venas. La aguja penetró con frialdad su piel. Se ayudó del dedo pulgar para vaciar su contenido, lo hizo lentamente. La heroína tomó su cauce de inmediato, el guitarrista sintió una calidez recorrerle todo el cuerpo. La Pietra puso una mano en la rodilla del músico. Él dejó caer su mano sobre la de ella: se conectaron. La Pietra cerró los ojos para escuchar mejor la música de los alemanes. El músico hizo lo mismo. Cuando los volvió a abrir, una mujer desnuda estaba detrás de La Pietra, le platicaba algo al oído sin quitar la vista del músico, parecía recriminarle algo. Filos cerró los ojos de nuevo. Sintió que las yemas de unos dedos sobaban sus muslos. Esas manos dibujaban círculos y líneas, pensó en las líneas de Nazca y en una nave extraterrestre manejada por La Pietra desnuda. Pensó en sus senos pequeños y en su vientre plano. En su culo. En sus ojos azules goteando. Entonces Filos sintió frío. Un viento gélido le rasguñaba la piel. Extendió las palmas de las manos como si fuera a rezar un “Padre nuestro”, sintió caer unas gotas de agua. De pronto le dio comezón en la cabeza. Peinó su pelo seco con una mano, la cual parecía ser una escobilla que limpiaba la piel hecha tierra sobre su cabeza, mientras los cabellos eran cachanilla desértica. Polvo eres… Llevó su otra mano para barrer por completo la tierra que cubría su cráneo. Bruñó el hueso, todo lo que estaba sobre de él cayó al suelo. Extendió su mano de nuevo en posición de rezo, el chipi chipi continuaba, guardó algunas gotas en su palma y las llevó a su cráneo para trapearlo. Se sintió fresco. Abrió los ojos: La Pietra hacía tijeras con la mujer que un rato antes le hablaba al oído. Filos volvió a cerrar los ojos para dejarse caer de espalda sobre el pasto aterciopelado y dormir en ese jardín de las delicias.

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Fragmento Riff VII

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Fe de erratas

Portada

Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Fe de erratas de “Ritornello: otra canción pegada a la memoria”

A pesar de todas las revisiones, lecturas y relecturas, algunos errores de dedo sobrevivieron, así como algunos aspectos técnicos en Ritornello. Aquí una lista de las erratas que he identificado hasta el momento.

[PDF]: Ritornello “,” otra canción pegada a la memoria. Al título le tuve que poner coma en lugar de dos puntos, pues al momento de guardar el archivo me impidió usar ese carácter “extraño” (¡¿?!). El nombre de la novela es Ritornello: otra canción pegada a la memoria.

[e-book] Etiquetas: Ritornellottt Cancionttt Musicattt Rockttt Rock Mexicanottt Novelattt Poesiattt, Filosttt Sirenattt Alma Rosattt Zafio Neronttt: Algo raro pasó aquí pues, en primer lugar, se repitieron los tags; en segundo, cada tag aparece seguido por tres “t”; y en tercero, no está dividido por comas.

[Ambos; Riff I]: No sé si mi mamá quiera gastar en “un” comprarme un bajo. / No sé si mi mamá quiera gastar en comprarme un bajo.

[Ambos; Riff II] … pero está segura “que” las letras y melodías son para ella porque las ha vivido. / … pero está segura de que las letras y melodías son para ella porque las ha vivido.

[Ambos; Riff III] Prueban cómo “llegarían” a ese lugar. / Prueban cómo llegarán a ese lugar.

[Ambos; Riff V] Había pancartas haciendo reclamos por la matanza de Acteal recién ocurrida “;” el motivo que tenía reunidas… / Había pancartas haciendo reclamos por la matanza de Acteal recién ocurrida, el motivo que tenía reunidas…

[Ambos; Riff V] … hasta entonces el público se convenció “que” frente a ellos estaba el Zafio Nerón que los había convocado. / … hasta entonces el público se convenció de que frente a ellos estaba el Zafio Nerón que los había convocado.

[Ambos; Riff VIII] … los “reportero” escritos dejando su grabadora en la mesa donde se sentarán los cinco músicos. / … los reporteros escritos dejando su grabadora en la mesa donde se sentarán los cinco músicos.

[Ambos; Riff VIII] Al sonar la primera nota de “Plug in ‘,’ baby”… / Al sonar la primera nota de “Plug in baby”…

[Ambos; Riff X] “Serán” en dos partes: la primera durante la gira… / Será en dos partes: la primera durante la gira…

[Ambos; Riff X] … aprecia sus “pelos” rojos derramados sobre la almohada blanca. / … aprecia sus cabellos rojos derramados sobre la almohada (o) … aprecia su pelo rojo derramado sobre la almohada.

[Ambos; Riff X] Se queda petrificada al ver “como” el locutor toma del talle a Sirena después del abrazo. / Se queda petrificada al ver cómo el locutor toma del talle a Sirena después del abrazo.

[e-book, para algunos dispositivos; Riff XI-LETRAS] A partir de “La güera se acerca al lugar donde Alma Rosa preparaba con delicadeza la manzana…” (Riff XI) y hasta “Una ofrenda al ombligo de la luna” (LETRAS), aparecen todas y cada una de las líneas con fondo blanco, por ello, esto solo se hace visible si se tiene activado el color de fondo en sepia o negro. Hasta el momento solo he identificado este error técnico en la app de Kindle para Windows 8.

Como se puede leer, Ritornello está muy lejos de la perfección. Cualquier errata que encuentres puedes enviármela y será agregada a la lista. En caso de llegar a un número considerable de erratas, tendré que realizar una segunda edición.

Fragmento Riff VII “Ritornello: otra canción pegada a la memoria”

Fragmento del Riff VII de Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Imagen. A un hombre.

 

Is there anybody out there? Is there anybody out there?

Filos está en posición fetal sobre su cama aún tendida. No se ha desvestido. Sus manos tocan la suela de sus botines sucios y eso no le importa, es lo que menos le importa. La luz de un LED de estéreo roza sus paredes oscuras, él trata de alejarse lo más que puede de ella; pareciera que esa luz lo hiere, prefiere darle la espalda y permanecer en la oscuridad. Cierra los ojos y se hunde en su almohada. El random de rolas de Pink Floyd le ayuda a vaciarse. No llora pero quiere hacerlo. Siente un infarto que no se consumará. Quiere irse y tampoco lo logra. Está ahí, arrumbado sobre un colchón que no es lo suficientemente frío como para sentirse muerto. Se pierde y regresa. Se pierde y regresa. Lo repite una y otra vez: Se pierde…

Ohhh, baby, set me free.

Ohhh, I need a dirty woman.

Ohhh, I need a dirty girl.

… y regresa. Guitarrazos hacen que se despierte por momentos. Vuelve a decaer, respira profundo. Siente que sus pensamientos cavan en su piel. Las ideas socavan. Se soba, se rasca, se pega, se besa. El pelo se atora en sus manos temblorosas. Ve la luz. La siente en su piel. Exhala. Vuela. Inhala. Cava. Se pierde y regresa. Cambia de lado, mantiene la misma posición fetal. Se abraza y se miente: es otra persona. Abre la boca y percibe su aliento caliente. Vuelve a ver la luz. Cierra los ojos mientras un piano precede al huracán. Se hunde en su cama. El techo se eleva… se expande. Una voz femenina encanta a sus poros. Se eriza. El escalofrío de sus piernas se traslada pasivamente hasta su pecho al unísono de “The great gig in the sky”. Abre los ojos. Se pierde en el remolino de su ropa y sus sábanas apestosas al aroma de Sirena. El escalofrío se va. Vuelve. Le hace dueto a la voz femenina… grita… Grita… GRITA… ¡¡GRITA!!… exhala. La quijada le tiembla. Las manos le tiemblan. Su vista está nublada. Vuelve a ver la luz, sigue solo. Se abraza.

How I wish, how I wish you were here.

Una lágrima, tan solo una lágrima. Siente más por venir pero no salen, ni siquiera se asoman. Su cuello es invadido por un escalofrío. Se soba, se rasca, se pega, se besa. Socava. Una lágrima. Cierra los ojos. Ve sus lágrimas, las siente y no salen, desaparecen. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. El pecho se le infla y se mantiene así unos segundos. Se pierde y regresa. Exhala y suelta un sollozo breve. Una lágrima. Cambia de posición. Abre las piernas, abre los brazos. Mira al techo. Sus ojos proyectan una película, su película, nuestra película. Aprieta los párpados para quemar esa cinta. Aprieta los puños y la mandíbula en un esfuerzo inútil por desaparecer.

Hey you! Would you help me to carry the stone?

Open your heart, I’m coming home.

Levanta los brazos con los puños cerrados para gritar un solo de guitarra. No quiere ver la luz y se esconde debajo de su almohada. Amenaza a la oscuridad. La rabia le anestesia la quijada que permanecía temblorosa aun con los dientes clavados en la almohada. Llora. Por fin llora.

Hello… hello… hello…

Baja los brazos. Se siente débil, indefenso. La cama ahora sí está fría. Llora. Quita la almohada de su rostro descompuesto. Ve la luz.

Come on… come on… now.

Sigue solo. Respira con pausa estertórea. Llora. Regresa a la posición fetal. Se abraza y la recuerda, la siente junto a sí. Mejor entrelaza sus manos. Las acaricia, las soba, las arrulla, las besa. Exhala. Descansa.

Relax… relax… relax…

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Esta que ves acá arriba es la portada de Ritornello: otra canción pegada a la memoria, mi primera novela. Puedes comprar Ritornello en Amazon (por la increíble cantidad de 65 pesos) o, si quieres leer un poco antes de comprarla, basta con que me mandes un tuit a @hugokoatl o un correo a novelaritornello@gmail.com.

Sinopsis:

¿Alguna vez has despertado teniendo una canción en la mente que se repite una y otra vez durante todo el día? ¿Y un deseo? Esta novela es música, como la vida misma.

Zafio Nerón, el grupo de rock más importante de América Latina, regresa a México después de una estancia exitosa en Los Ángeles. El retorno genera rumores que para Alma Rosa son música de fondo, ella prefiere subir el volumen a su deseo de relacionarse con Filos, el guitarrista y líder de la banda. Sin embargo, deberá soportar una presencia que desafina su melodía de vida: una modelo a la que todos conocen como Sirena, la novia de Filos.

Fragmento Riff VII

Fragmento Riff VIII

Fe de erratas

Título de permiso con el que trabaja el 105.7 XHOF-FM

Hoy que termina una era más del 105.7 FM XHOF-FM, operada por el IMER, quizá a algunas personas les interese conocer la situación con la que trabaja esta frecuencia. Pues bien, acá les dejo el TITULO DE PERMISO 105.7 FM del 105.7 FM, actualmente Reactor.

El documento lo obtuve por medio de una petición al IFAI.

 

Hugokoatl Galván

@Hugokoatl