Ritornello: otra canción pegada a la memoria (Fragmento Riff IX)

–En esta sale, señorita, en esta sale –anima un violinista. Nuevamente se arrancan los 12 músicos, ahora tañendo con un placer más hondo sus instrumentos para invocar la apertura de la puerta que se mantiene cerrada. Por llevarte a los altares, cantaré con alegría. Alma Rosa no lo puede soportar más, se dispone a salir de su auto y callar de la forma que sea el canto pseudoamoroso de Sirena, pero en cuanto ella sale de su Spark ve que Filos abre la puerta de su casa, se queda inmóvil. El enojo de Filos por haber sido interrumpido en uno de sus mejores momentos del día no supera en emoción a la sorpresa de haber recibido, por primera vez en su vida, una serenata. Después de abrir la puerta, el músico no tarda mucho en abrazar a Sirena y darle todos aquellos besos que se tuvo que guardar en la mañana. Enfundados en el abrazo, Sirena le pide matrimonio. Él se aleja de ella unos centímetros para contemplarla: su sinceridad fulgura, al igual que aquella noche en la que le pidió disculpas; en sus pupilas se aprecia ese diminuto punto blanco que deja de manifiesto la presencia de su alma en esa proposición. Él contesta con un beso cargado con la misma sinceridad. De fondo, los mariachis celebran la consumación de su objetivo. Si nos dejan, hacemos con las nubes terciopelo. Alejada de toda esa alegría, colocada en la penumbra de su corazón, Alma Rosa derrama una lágrima seca enjugada con el sobre que guarda las fotos de la nueva infidelidad de Sirena.

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Fragmento de la novela Ritornello: otra canción pegada a la memoria.

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Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Ritornello: otra canción pegada a la memoria

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Íncipit “Ritornello: otra canción pegada a la memoria”

Parece una competencia cacofónica: en una esquina, el zumbido de la máquina de tatuajes, en la otra, las bocinas que dejan escapar “Highway to hell” de AC/DC. Un mano a mano sólo apto para tímpanos descompuestos que han perdido la medida de lo tenue. Son pocas las trompas de Eustaquio que acostumbran entrar a este territorio prohibido incrustado en el corazón de la colonia Roma; el lugar donde El Gallo se dedica a grafitear pieles acompañado por el volumen alto de la música. No cualquier puritano entra aquí.

Ritornello: otra canción pegada a la memoria

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Semblanza de Zafio Nerón, la banda de rock más importante de América Latina

Logo de Zafio Nerón, la banda de la Z sobre la N.

Logo de Zafio Nerón, la banda de la Z sobre la N.

Zafio Nerón es un quinteto de rock que inició su carrera en 1993. Fundado por el ex bajista, Humberto Blanco, y “Filos” (guitarra), actualmente su alineación se completa por “Chaflán” (batería), Erick de la O (bajo), “Garrocha” (teclados) y Bruno Marenco (voz), quien milita en la banda desde su primer disco.

Entre 1993 y 1999 lanzaron dos álbumes de estudio bajo el sello Culebra: Suerte de principiante (1993) y Basca blues (1996).

Después de un problema en un concierto a beneficio de las víctimas de la matanza de Acteal, la agrupación se mudó a Los Ángeles, California. Ahí logaron editar tres discos de estudio: Non grata (2001), I don’t speak English (2004), también conocido como Ñ por su portada con esa letra, sumado a que durante la presentación del mismo el grupo cambió su nombre a Zafio Ñerón; y Ser humano desechable (2007). También tienen un DVD en vivo de su gira mundial Errantes de 2008 y 2009.

A pesar de radicar en Estados Unidos, las letras del grupo siguieron siendo en español, hecho que no les quitó éxito, pues fueron parte de los carteles del Festival Lollapalooza de 2005, Coachella de 2007 y llenaron solos en dos ocasiones continuas el Madison Square Garden en 2009. Diversas publicaciones especializadas los han proclamado como la banda de rock latina más grande de todos los tiempos.

Desde su traslado a Los Ángeles, Zafio Nerón ha regresado para ofrecer sólo un concierto por año en una única ciudad de México, la cual eligen de manera aleatoria y buscan que no se repita. Su última visita a la capital ocurrió en el marco del Festival Vive Latino 2009; cabe recordar que en esa ocasión no terminaron su set aun cuando eran cabeza de cartel y solamente habían interpretado cuatro canciones. Hasta hoy, ninguno de los cinco músicos ha aclarado los motivos de esa presentación incompleta.

Aquí un riff de la lira de Filos

Para conocer la historia de Zafio Nerón, puedes checarla en la novela Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Si quieres saber más sobre Zafio Nerón o Ritornello, mándame un tuit a @hugokoatl o un correo a novelaritornello@gmail.com

Ritornello: otra canción pegada a la memoria (Fragmento Riff III)

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Imagen. A un hombre.

Comienzan el soundcheck con sus manos enredadas entre su ropa. Prueban qué tan lejos llegarán. Prueban cómo llegarían a ese lugar. El sudor inicia su torrente en la piel de ambos aún oculta a sus ojos pero que las yemas de sus dedos ya conocen. Las luces permanecen apagadas, no hay tiempo que perder prendiendo un interruptor que estorbaría mientras afinan sus instrumentos. El concierto se acerca y ellos todavía no se graban sus movimientos, no saben sus posiciones sobre el escenario, no han ensayado la entrada y no saben cómo saldrán. Son un dueto que se presentará por primera vez en una plaza acostumbrada a los grupos sorpresa, los palomazos, invitados especiales y las arias dedicadas al amanecer.

                Dos sillones rojos perfectamente limpios dan la bienvenida con los brazos abiertos, un comedor de cristal que rebota la luz lunar, una laptop desconectada pero con un LED vouyerista, botellas de licor semivacías que piden ser acabadas a gritos, las copas que las acompañan noche a noche, el piso laminado con mil conciertos trapeados, pinturas de un artista aún desconocido, los focos que con los ojos entrecerrados tratan de descifrar las figuras que se mueven debajo de ellos y las plantas sedientas que siempre mendigan el rocío a la calle son el público que agotó las entradas a este recital. Las bocinas musitan entre sí un reclamo para no permanecer calladas, sus rumores son silenciados por el ulular del viento sobre las cortinas que clama por el inicio de la presentación. Los asistentes dejan inconclusa una ola al ver la señal del arranque de su entretenimiento: la primera blusa ha caído en la espalda del suelo. Las prendas son fuegos artificiales que hacen estallar el alarido del público que celebra el estreno sin moverse de sus lugares, las ven volar hacia todas direcciones, las reciben y les abren cancha para que ellas tampoco se pierdan detalle del performance.

                Es una presentación sin pantallas, solo los más cercanos pueden observar claramente lo que sucede en el escenario, pero todos alcanzan a escuchar los primeros acordes de una canción que aún no identifican. Parece que los protagonistas siguen afinando, prueban sus volúmenes y juguetean con sus instrumentos. Sus manos son notas desatadas, libres de la jaula de una partitura hasta que los tambores por fin son percutidos suavemente por los dedos del ejecutante. El fraseo runruneante de ella se mece en adagio, sus notas largas desaparecen en la mirada penetrante de su público en espera del éxito radial que puedan corear. Ella cierra los ojos y dirige su propio videoclip al ritmo que su compañero impone. Es un pianissimo. Es una introducción ambiental con dosis de suspenso. Ambos entran en ritmo, se alegran en sus cuatro cuartos, undostrescuatro, undostrescuatro. El fraseo se interrumpe en los momentos en que ella se queda sin aire. El bombo hace su entrada triunfal. El pedal llega hasta lo más profundo de ella, que vocaliza con vibratos para hilar la melodía. Las manos de él en su cintura, un acordeón danzante que impone la armonía, mientras su lengua arpegia cada traste de la piel de ella en busca de la tónica; la encuentra en el cuello, una nota aguda que se debe de tocar en apassionato. Ya no hace falta el diapasón, están afinados y amarrados. Interpretan un free jazz de notas vagas en los huesos de ambos. Hay un silencio que no es erróneo, es el preludio a un final que ni ellos conocen. Se mezclan en ska, bailan el ritmo de la síncopa, se divierten en contrapunto de la paz nocturna. Sus brazos, sus piernas, sus cabezas suben y bajan y suben y bajan y suben y bajan. Sienten la brisa de un calor que viene de adentro capaz de iluminar todo el departamento pero no lo dejan salir, prefieren refugiarse en el reggae, en su ritmo lento. Se abrazan con el mismo sentimiento con el que un blusero resguarda entre sus manos una armónica. Se besan con la misma pasión que solo un saxofón puede imitar. Este no es el final, es un réquiem, el fin del primer movimiento de esta sinfonía. El encore termina. Ahora el pedal wah wah es el que irrumpe el silencio. Dos cuerpos en masa amorfa, no se mueven, bailan funk. Sus pasos iluminan los objetos que tocan. Sus sonrisas adornan un ritmo que no quieren que termine. De verdad se divierten, lo disfrutan. La risa de los dos goza un compás a capella para retomar la armonía en un fortissimo que les hace cambiar de ritmo. Tocan un solo desesperado de speed metal en busca de un final apoteósico. Laceran sus instrumentos. Llegan a notas altísimas, inalcanzables para los sordos y los mudos. Ellos son los únicos que las escuchan, los únicos que las crean. No hay espacio para un silencio; todo es ruido en función de un cenit. La cima está cerca, muy cerca. Los dos crean luz con un sonido. El fulgor es apasionado y llena todo el departamento de un gemido emitido a coro. Están en la última nota, la sostendrán con un vibrato hasta que el último suspiro se desvanezca.

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Fragmento Riff VII

Fragmento Riff VIII

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