Ritornello: otra canción pegada a la memoria (Fragmento Riff III)

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Imagen. A un hombre.

Comienzan el soundcheck con sus manos enredadas entre su ropa. Prueban qué tan lejos llegarán. Prueban cómo llegarían a ese lugar. El sudor inicia su torrente en la piel de ambos aún oculta a sus ojos pero que las yemas de sus dedos ya conocen. Las luces permanecen apagadas, no hay tiempo que perder prendiendo un interruptor que estorbaría mientras afinan sus instrumentos. El concierto se acerca y ellos todavía no se graban sus movimientos, no saben sus posiciones sobre el escenario, no han ensayado la entrada y no saben cómo saldrán. Son un dueto que se presentará por primera vez en una plaza acostumbrada a los grupos sorpresa, los palomazos, invitados especiales y las arias dedicadas al amanecer.

                Dos sillones rojos perfectamente limpios dan la bienvenida con los brazos abiertos, un comedor de cristal que rebota la luz lunar, una laptop desconectada pero con un LED vouyerista, botellas de licor semivacías que piden ser acabadas a gritos, las copas que las acompañan noche a noche, el piso laminado con mil conciertos trapeados, pinturas de un artista aún desconocido, los focos que con los ojos entrecerrados tratan de descifrar las figuras que se mueven debajo de ellos y las plantas sedientas que siempre mendigan el rocío a la calle son el público que agotó las entradas a este recital. Las bocinas musitan entre sí un reclamo para no permanecer calladas, sus rumores son silenciados por el ulular del viento sobre las cortinas que clama por el inicio de la presentación. Los asistentes dejan inconclusa una ola al ver la señal del arranque de su entretenimiento: la primera blusa ha caído en la espalda del suelo. Las prendas son fuegos artificiales que hacen estallar el alarido del público que celebra el estreno sin moverse de sus lugares, las ven volar hacia todas direcciones, las reciben y les abren cancha para que ellas tampoco se pierdan detalle del performance.

                Es una presentación sin pantallas, solo los más cercanos pueden observar claramente lo que sucede en el escenario, pero todos alcanzan a escuchar los primeros acordes de una canción que aún no identifican. Parece que los protagonistas siguen afinando, prueban sus volúmenes y juguetean con sus instrumentos. Sus manos son notas desatadas, libres de la jaula de una partitura hasta que los tambores por fin son percutidos suavemente por los dedos del ejecutante. El fraseo runruneante de ella se mece en adagio, sus notas largas desaparecen en la mirada penetrante de su público en espera del éxito radial que puedan corear. Ella cierra los ojos y dirige su propio videoclip al ritmo que su compañero impone. Es un pianissimo. Es una introducción ambiental con dosis de suspenso. Ambos entran en ritmo, se alegran en sus cuatro cuartos, undostrescuatro, undostrescuatro. El fraseo se interrumpe en los momentos en que ella se queda sin aire. El bombo hace su entrada triunfal. El pedal llega hasta lo más profundo de ella, que vocaliza con vibratos para hilar la melodía. Las manos de él en su cintura, un acordeón danzante que impone la armonía, mientras su lengua arpegia cada traste de la piel de ella en busca de la tónica; la encuentra en el cuello, una nota aguda que se debe de tocar en apassionato. Ya no hace falta el diapasón, están afinados y amarrados. Interpretan un free jazz de notas vagas en los huesos de ambos. Hay un silencio que no es erróneo, es el preludio a un final que ni ellos conocen. Se mezclan en ska, bailan el ritmo de la síncopa, se divierten en contrapunto de la paz nocturna. Sus brazos, sus piernas, sus cabezas suben y bajan y suben y bajan y suben y bajan. Sienten la brisa de un calor que viene de adentro capaz de iluminar todo el departamento pero no lo dejan salir, prefieren refugiarse en el reggae, en su ritmo lento. Se abrazan con el mismo sentimiento con el que un blusero resguarda entre sus manos una armónica. Se besan con la misma pasión que solo un saxofón puede imitar. Este no es el final, es un réquiem, el fin del primer movimiento de esta sinfonía. El encore termina. Ahora el pedal wah wah es el que irrumpe el silencio. Dos cuerpos en masa amorfa, no se mueven, bailan funk. Sus pasos iluminan los objetos que tocan. Sus sonrisas adornan un ritmo que no quieren que termine. De verdad se divierten, lo disfrutan. La risa de los dos goza un compás a capella para retomar la armonía en un fortissimo que les hace cambiar de ritmo. Tocan un solo desesperado de speed metal en busca de un final apoteósico. Laceran sus instrumentos. Llegan a notas altísimas, inalcanzables para los sordos y los mudos. Ellos son los únicos que las escuchan, los únicos que las crean. No hay espacio para un silencio; todo es ruido en función de un cenit. La cima está cerca, muy cerca. Los dos crean luz con un sonido. El fulgor es apasionado y llena todo el departamento de un gemido emitido a coro. Están en la última nota, la sostendrán con un vibrato hasta que el último suspiro se desvanezca.

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