Capítulo I de “Ritornello: otra canción pegada a la memoria”

Capítulo I de Ritornello: otra canción pegada a la memoria

Hugo Galván

Novela autopublicada por medio de Amazon

Capítulo I de Ritornello en pdf

 

RIFF I   

Parece una competencia cacofónica: en una esquina, el zumbido de la máquina de tatuajes, en la otra, las bocinas que dejan escapar “Highway to hell” de AC/DC. Un mano a mano sólo apto para tímpanos descompuestos que han perdido la medida de lo tenue. Son pocas las trompas de Eustaquio que acostumbran entrar a este territorio prohibido incrustado en el corazón de la colonia Roma; el lugar donde El Gallo se dedica a grafitear pieles acompañado por el volumen alto de la música. No cualquier puritano entra aquí.

Sirena está acostada boca abajo, tiene la espalda descubierta y el pantalón de mezclilla le cubre tan solo la mitad del culo. La mano izquierda de El Gallo pinta sobre la espalda baja de ella una estrella verde con estela de distintos tonos rojos hasta difuminar en blanco. El tatuador dibuja algunos centímetros y pasa una toallita húmeda para quitar los grumos de tinta.

Se trata del tercer tatuaje de Sirena. El primero se lo hizo hace un año: una huella de perro con unas tibias cruzadas al estilo pirata que sirven de logo para una banda de post punk llamada Mis Mascotas Muertas; lo tiene en la parte alta de la espalda, a la altura del hombro. El segundo tiene poco tiempo, hace apenas tres meses, El Gallo escribió Violeta, el nombre de una banda de pop, en el tobillo zurdo.

La piel blanca de Sirena sirve de contraste perfecto para las pinturas de su cuerpo. Además, como buena modelo, sabe lucirlas, aprovecha su silueta delgada para ponerse ropa ajustada, tops que no estorben la vista de la huella del perro muerto, o sandalias con pantalones de pescador para presumir el violeta profundo del logo de la banda de Ciudad Satélite. Su pelo es quebrado y largo, pintado de rojo. Originalmente era negro, pero en la secundaria comenzó a entintárselo. Primero fue güera, el gusto le duró poco, y algunos meses después cambió al rojo definitivo que luce ahora.

El Gallo tatúa. Ella mira las paredes del local adornadas con pósters de Suicide Girls, pasa la vista hacia la computadora de la que sale la música, de nuevo vuelve la vista a la pared, cierra los ojos, bosteza y mira la computadora de nuevo.

–¿Ahora qué estás bajando? –pregunta ella para quitarse el aburrimiento. El Gallo aleja la máquina de tatuajes de su piel y contesta cortante:

–¿Qué pasó? –la pelirroja hace un movimiento con la mano para que el tatuador baje el volumen de la música. Él le pasa el control del búfer para que ella ponga el nivel que quiere, la mira a los ojos.

–Dije que ahora qué estás bajando –repite casi gritando aunque la música ya es mero fondo.

–Nada –responde él al mismo volumen de la pelirroja–. La semana pasada le cayó un virus a la máquina…

–Ya no bajes tanto porno –interrumpe Sirena con sorna. Él ríe y aclara:

–Para nada, para eso está RedTube –guardan silencio unos segundos, pero gracias a la música de fondo no se sienten incómodos. El Gallo decide continuar su trabajo–. ¿Te duele? –pregunta en voz baja y sin dejar de manipular la máquina de tatuajes.

–No, el que sí me dolió un poco fue el de Violeta, no usé tines unos días.

–¡Qué niña! –bromea El Gallo. Sirena le recuerda en tono divertido que tiene piel de princesa, él afirma con la cabeza al ritmo de la música–. También tienes las nalgas de una –no puede evitar agarrarle una pompa con la mano derecha.

–No seas tentón –reclama ella, voltea hacia El Gallo, le da un manazo para después recostarse de nuevo–. Síguele –pide.

–¿Manoseando o trabajando? –pregunta él con tono lascivo.

–Trabajando que para eso te voy a pagar, si fuera lo otro tú lo tendrías que hacer –responde ella con los ojos cerrados y la cabeza recostada sobre sus brazos cruzados.

 

Se conocieron en el Tianguis del Chopo hace varios años, antes de que se construyera la Biblioteca José Vasconcelos y cuando los patinetos aún podían hacer sus hazañas en la banqueta de Eje 1 Norte. Él cayó a sus pies, literalmente, cuando ella y sus amigas caminaban por el lugar. El Gallo trató de hacer un kickflip, sin embargo la patineta se atoró en la entrepierna de su pantalón baggy, él perdió el equilibrio, trató de no caer, dio algunos pasos rápidos y largos hacia la banqueta. La gente que estaba sentada en esta se hizo a un lado, él intentó no tropezar pero su esfuerzo fue en vano. La punta de su pie izquierdo pegó en el borde de cemento que en algún momento fue amarillo y cayó justo cuando Sirena y sus dos amigas pasaban por ahí. Las tres gritaron asustadas, él se quedó inmóvil un instante sobre el suelo mientras algunos de sus amigos, todavía riendo a carcajadas, se acercaban para burlarse del caído. La única que le extendió la mano fue Sirena. Ella trataba de ocultar su risa y, aunque El Gallo se dio cuenta, aceptó su ayuda, se puso de pie y coqueteó:

–¿Ves cómo me traes, güera? –Sirena y sus amigas se alejaron sacadas de onda. El Gallo la siguió con la mirada. Se sentó en la banqueta para sobarse.

–Van ustedes, cabrones, que sí me dolió –reclamó a sus amigos sin dejar de sobarse la rodilla y viendo fijamente a la muchacha güera y sus dos amigas alejarse.

Esa misma tarde se volvieron a encontrar en el andén del metro Sevilla, ambos estaban solos. Él notó que ella se puso nerviosa y se le acercó.

–Te ofrezco unas papas –extendió su mano que cargaba una bolsa de papas fritas ahogadas en salsa Valentina y limón–. Por haberme ayudado hace rato. No te preocupes, no tienen drogas ni nada por el estilo –avisó él al ver que la niña incrementó su expresión de angustia. Sin embargo, ella intentó ignorarlo y seguir caminando, él trató de detenerla pero ella aceleró su paso. El Gallo no hizo más por acercársele y se conformó con quedarse parado viéndole el culo a Sirena por segunda vez en el día. Ella vestía pantalones de mezclilla entubados y el movimiento de caderas dejaba ver lo sensual que ya era a sus quince años.

 

–Ya, Sire, despiértate, ya terminé –El Gallo deja su máquina para tatuar sobre una mesa de metal parecida a la de un consultorio médico, se quita los guantes blancos y se talla los ojos. Por un momento observa con lujuria a Sirena, la tiene recostada boca abajo; sus manos desean poder acercarse a ese talle tan seductor. Quiere besarle la espalda descubierta e ir bajando por la línea de su columna, llegar a los Hoyos de Venus, regocijarse en esos lugares tan pequeños capaces de causar tanta felicidad a la vista, para después continuar el camino hasta su… Sirena se mueve, él dirige de inmediato la mirada hacia otro lugar, ella se acomoda de lado y antes de abrir los ojos le habla a su amigo.

–Soñé contigo. Es gracioso, estábamos tocando algo muy loco, como jazz. Tú tocabas uno de esos silbatos que usan para llamar a los patos, yo tocaba una flauta de secundaria y me escondía detrás de un… como trono, donde estaba un guitarrista al que nunca vi. Todos andábamos bien felices tocando, muy divertido. Nuestro concierto estaba casi vacío pero había aplausos –Sirena abre los ojos y ve a El Gallo sentado junto a la computadora–. ¿Te gustó mi sueño? –pregunta.

–Está raro. ¿Qué te fumaste hoy, eh? –rebota él.

–Nada, sabes que no es mi hit andar quemando –le recuerda mientras se pone boca arriba. Sus senos se yerguen y Gallo no puede evitar apreciarlos.

–Hablando de diversión, hoy hay peda en la casa del Alekz, vamos, ¿no? –Sirena bosteza ante la invitación del Gallo. Antes de contestar le hace otra pregunta.

–¿Ya puedo ver mi tatuaje? –El Gallo se para de su asiento, se coloca junto a Sirena y le extiende la mano.

–Señorita, la invito a que vea usted su tatuaje nuevo –Sirena le da la mano al tatuador y se levanta, se dirigen a un espejo de cuerpo completo en el que ella posa mientras sonríe.

–La banda se llama Skarcha Spacial. Son como nueve. Bien divertidos los chavos. Me gustan, ¿ahora ya me puedo subir los pantalones? No me gusta andar con las nachas de fuera –El Gallo suelta una carcajada sarcástica.

–Ajá, ¡sí, cómo no! –el tatuador pega su mano a su pantalón para evitar darle otra nalgada a la pelirroja.

 

La primera ocasión en que Sirena subió a la nave medio destartalada del Gallo fue un jueves de febrero de 1993, el día más feliz en la vida del ahora tatuador. Metallica llegó por vez primera a México y también fue la vez primera en que ambos salieron formalmente como pareja después de varias semanas de cortejarse. La aún güera apenas se iniciaba en el rock, era una neófita, no comprendía bien la importancia de ver a esa banda en vivo. En lugar de enojarse, El Gallo prefería cacarear sus conocimientos mientras manejaba con el disco negro de fondo, por supuesto, al volumen indicado para que los carros que pasaban junto a ellos los vieran con incomodo.

Él se sentía como si fuera el papá de Sirena, exponiéndole todos sus conocimientos y llevándola a lugares que ella desconocía. Por momentos, se imaginaba que Sirena lo idolatraba, que él se había vuelto un dios para la menor de edad. Se enorgullecía de eso, pero su amor hacia ella no era ágape, tenía intereses claros en desvirgar a su Doncella de Hierro, como le decía, antes del matrimonio.

 

Ahora ella viaja con la ventana de esa misma nave como almohada, ve al horizonte lleno de cruceros, semáforos y gente que atraviesa corriendo las calles que resaltan del fondo de nubes grises. El silbido de los frenos viejos de la combi Volkswagen del Gallo apenas logra superar en decibeles a la música de Mastodon. El ruido no la deja dormir cómoda, sin embargo aun así se encuentra en el letargo previo a una fiesta que durará toda la noche. Pero antes se dirigen al departamento de la recién tatuada. El Gallo conoce a la perfección el camino. Ha vivido ahí: recibieron juntos el nuevo milenio, solos, cogiendo. Los entonces recién consortes hicieron de la herencia del padre de ella su nido de amor cuando intentaron compartir sus vidas.

 

Antes de ir a ver a Metallica, la pareja se había frecuentado en el Tianguis del Chopo, recorría los pasillos mientras se interrogaban el uno al otro. Ella le contaba su deseo de ser psicóloga, él no tenía con qué contestar, entonces solo le importaba el metal y las borracheras, no qué quería ser de grande. En su familia se lo habían preguntado pocas veces, a su madre le preocupaba más darle de comer a sus cuatro hijos; mientras, su papá, quizá, vivía tranquilo con otra mujer y otros hijos. Gallo estudiaba en el Bachilleres, o como le decía a Sirena, Vasiquieres. No iba a la escuela para forjarse un futuro mejor, lo hacía por huir de su casa, de los berridos de su hermano menor, los caprichos de su hermana, las peleas con su otro carnal y los constantes regaños de su madre: Ya deberías de mantenerme, cabrón­, le recriminaba ella para siempre concluir: Que para eso eres el mayor.

El mundo de Sirena era diferente, su mamá no tenía que compartir lavadero con otras mujeres de la vecindad, su familia, en cambio, tenía lavadora propia. Su papá trabajaba de sol a sol para mantener el nivel de vida en la Anzures. Sirena solo se tenía que preocupar por su boleta de calificaciones. En la comida dominical de casa de la abuela le preguntaban los tíos religiosamente: ¿Y a qué dices que te quieres dedicar? para después discutir si le convenía más ir a la universidad en busca del marido que la mantuviera por el resto de su vida o hacerse una mujer independiente en el México de los noventa.

Aquel mundo se fue al caño cuando el cáncer de páncreas le arrebató la vida al papá de Sirena en menos de seis meses. La mamá de Sirena, ama de casa, encontró la manera de superar la pérdida entre vasos llenos de alcohol que se ocupaba en vaciar. Las peleas entre Sirena y su mamá arreciaron, la adolescencia de la huérfana contrastaba con la menopausia de la recién viuda. Reñían por los aparatos que se tenían que empeñar, por la añoranza del refrigerador lleno, por el crecimiento de sus deudas, por la vida que se incineró con el padre, pero, principalmente, por los celos de la mamá hacia Sirena. Que su esposo le hubiera dejado el departamento en herencia a su hija y no a ella le hizo abrir los ojos: él siempre estuvo enamorado de su propia hija. Él la apodó Sirena.

Mientras la mamá de Sirena se ahogaba entre botellas cuando llegaba el dinero de la pensión con tal de tener un vínculo con el esposo muerto, o de olvidar la sospecha del secreto del difunto, la reacción de Sirena ante la ausencia de su padre fue más simple: se cambió el color del cabello, no quería parecerse en nada a su mamá alcohólica. También le dieron ganas de aprovechar cada momento de su vida, no quería morir como su padre: joven y con sueños pendientes. Cambió de amigas y el interés en ser psicóloga fue quedando atrás hasta ser una imagen borrosa como la de los sueños al despertar. Con sus nuevas relaciones encontró el gusto por la música. Hasta entonces sabía que existía algo con ese nombre, en los festivales de la primaria la bailaba, pero no comprendía, ni le interesaba, la diferencia entre los Beatles, Caifanes, Nirvana y Menudo.

Cuando le confesó a sus nuevas amigas que al bañarse solía escuchar Yo 102, ellas le aplicaron la ley del hielo hasta que les demostró que ya había escuchado Rock 101. La Courtney y Betty comenzaron así un curso intensivo para enseñarle a Sirena lo que ellas creían era esencial en el rock. Primero le pidieron que se aprendiera la letra de alguna canción.

 

Polly wants a cracker.

 

–¿Sí sabes que Kurt Cobain es esposo de Courtney Love? –indagó la niña que lleva como apodo el nombre de la concubina del líder de Nirvana.

–Hmm… no –contestó Sirena después de algunos segundos.

–Pues ya lo sabes –la apodada Courtney sonrió con ese gesto de superioridad que hasta ahora la acompaña.

–Amo Nevermind –interrumpió Betty para después soltar un largo suspiro–. Pero amo más a Kurt Cobain –acto seguido, las tres niñas se quedaron sin aliento mientras veían al vacío como si tuvieran cerca al guitarrista–. Lo malo es que “Smells like” la chotearon, ¿no? Ahora a cualquiera le gusta Nirvana –reclamó Betty, la niña gorda.

–¿Sabían que el nombre de esa canción lo sacó de Kathleen Hana? –La Courtney se enorgulleció de nuevo al darse cuenta de que sus dos amigas no respondieron y la veían con admiración.

–¿Ella quién es?

–Es la cantante de una banda que se llama Bikini Kill, es de puras mujeres. Ella alguna vez dijo Kurt smells like Teen Spirit, refiriéndose a los desodorantes esos de Teen Spirit. Y de ahí se basó Kurt para ponerle a la canción –Sirena y Betty asintieron con la cabeza como si estuvieran en una clase en la que debían demostrar que ponían atención.

–¿Y tú como sabes?

–Porque lo leí y aparte me gusta la música de Bikini Kill. Tienen una que se llama “Carnival” que está buena: I wanna go, I wanna go, I wanna go to the carnival –Courtney levantó su brazo flaco e hizo la mano cornuta mientras movía los popotitos como si estuviera en el slam–. A ver si mañana les traigo el cassette en el que la tengo, también viene otra banda que se llama L7, también de puras chavas.

–¿Y si hacemos nuestra banda? –propuso Betty aplaudiendo a la par que colgaba una sonrisa en sus cachetes sinuosos–. Igual de puras mujeres…

–Y le ponemos The Bitches, que nuestro logo sea una mosca muerta, ¡jaja! –irrumpió La Courtney para provocar las risas de sus amigas.

–¡Sí! Nosotras tres: tú tocas la guitarra y cantas, Sirena que toque el bajo y yo le doy a la bataca, ¿qué les parece? –distribuyó Betty

–Pero yo no sé tocar el bajo.

–No importa, ese nadie lo escucha.

–Tú sí tocas la lira, ¿no, Courtney?

–Algo, pero con dos o tres acordes ya la hicimos, mi maestro de guitarra dice que así le hacen todos ahora.

–¿Tú tienes batería? –preguntó Sirena a Betty.

–No. ¿Serán caras?

–Sí, mucho, el día que fui a Mesones para ver guitarras eléctricas vi que las baterías estaban bien caras –Courtney se regocijaba al darse cuenta de que era la que más sabía del tema.

–Creo que un tío tiene una –recordó Betty–. Dice que tuvo una banda hace unos años, pero como fracasaron, ahora la usa como perchero –las tres niñas rieron al imaginar la batería con calcetines y calzones sucios colgados en los platillos.

–Ya estamos. Nada más falta tu bajo, Sirena –la recién güera se quedó pensativa ante el comentario de Courtney.

–No sé si mi mamá quiera gastar en comprarme un bajo.

–Ya si no, vamos al Chopo. En una de esas ahí encontramos uno usado barato –propuso la de popotitos.

–¿El Chopo? –Sirena arqueó las cejas.

–¿No sabes qué es el Chopo? ¡Cómo crees? –protestó Courtney mientras alzaba los brazos–. Hay que ir el sábado. ¿Sí sabes andar en metro? –Courtney clavó su mirada amenazante sobre Sirena.

–… poquito –respondió ella cabizbaja para no quedar mal.

–¿Qué metro queda cerca de tu casa?

–Sevilla.

–Nos vemos entonces el sábado ahí a las once en punto, debajo del reloj, dirección Pantitlán, ¿sale? –concluyó Courtney después de ver el gesto afirmativo de sus amigas.

 

Sirena estaba colorada y no podía ocultar su sonrisa. Courtney y Betty la avergonzaban con sus comentarios, temía que la gente que caminaba entre Sol y Luna escuchara lo que le decían.

–¡Uhhhh!

–Amiga, tu primera vez aquí y ya ligaste.

–Pero está medio feíto el chavo, ¿no? –Courtney río sardónicamente.

–Ay, no sean así –lo defendió Sirena–. No está tan feo.

–¡Está horrible! –interrumpió la más rellena de ellas para después soltar una sonora carcajada.

–¿Vieron su peinadito como de punk?

–Sí, ¿nos irá a hacer algo? –la güera peló los ojos y volteó a ver a su alrededor para checar que el patineto no las estuviera siguiendo.

–Tranquila, esos chavos nomás se la pasan patinando allá. Y si quiere hacer algo se me hace que nada más sería a ti. Te comía con los ojos –Courtney la abrazó y le acercó la boca al oído–. ¿Ves cómo me traes, güera?, jajaja. Primero debería aprender a patinar y luego dárselas de galán.

El trío de estudiantes caminaba por uno de los pasillos del Tianguis del Chopo. La Courtney y Betty ya lo habían visitado pero aun así se detenían en cada uno de los puestos para ver qué había de nuevo. Sirena observaba todo con admiración. Los peatones y sus atavíos: el calzado militar de los anárquicos, las cucarachas de cuatro ruedas de los patinetos, pantalones de mezclilla raídos, pelos de colores, mohawks, rastas, las mochilas para guardar los libros de Donceles y las chelas, chamarras de cuero sucias, pulseras y collares puntiagudos para sacar a pasear al rebelde que todos tenemos dentro, lentes oscuros que disfracen los ojos rojos, los tatuajes en las paredes, los grafittis en la piel, el cielo azul de los puestos, hasta la victoria siempre de los Pumas y del Che, las piochas, pantalones de mezclilla que aprietan hacia afuera, ojos de cristal graduado sobre un armazón viejo, tenis gesticulantes, gorras, la piel de mezclilla pegada a las piernas, morrales artesanales, bolsas inmensas para mujeres, los estoperoles fulgurantes, las medias lunas perforadas en las cejas, el negro aterciopelado de los góticos, las cuadrículas blanquinegras de los skatos, aros en los lóbulos de las orejas, los dulces de los punks, cinturones cabezones que muerden sus propias colas, cabezas rapadas, faldas y minifaldas, playeras negras con nombres indescifrables de bandas de metal, las papas y las nieves itinerantes, el vendedor de caries y cáncer, el arcoíris rasta de líneas verdes, amarillas y azules, en fin, apreciaba cada detalle del ágora donde tribus compuestas por parias, adictos, artistas, intelectuales y las gloriosas castas que surgen de ellos se vuelven sedentarias por un día para después continuar su diáspora por la Ciudad de los Palacios. Hasta entonces, Sirena creía que lo más rebelde era pintarse el pelo de rubio, bajar sus calificaciones y dejarse de comprar su perfume de niña de la Anzures. Aquellos olores jamás los olvidaría: el incienso del inicio y la marihuana del final; las estopas bañadas en thiner que un chavo banda atesora en su mano pegada a la nariz, los churros hechos con los flyers de las tocadas de la semana y el ritual de esparcir la hierba en el papel babeado; Aquí no se puede quemar, hermano, denuncia uno de los puesteros. Lo que más le impactaba era el paisaje sonoro, la mezcla que podía existir entre “Bar Tacuba”, “Covered with sores”, “Handsworth revolution” y la bocacalle musicalizada por una banda nueva que, enaltecida por una tarima de cemento, buscaba ganarse al público exigente vigilado por una planta de Luz y Fuerza.

El chillido del freno despierta a Sirena.

–Es la segunda vez en el día que te tengo que levantar, mi’ja –reclama El Gallo mientras desconecta su Nokia del estéreo de la nave.

–¿Vas a querer comer algo antes de irnos? –invita Sirena mientras bosteza y levanta los brazos hasta golpear el cielo descosido de la combi.

–Algo de botanita no me caería mal mientras te arreglas –voltea a escanearla–. Que yo creo que será un ratote –ella le da un golpe en el brazo.

–Ash, cállate –El Gallo baja de la combi, se estira y voltea a ver la torre de departamentos, exhala.

–¿Cómo pueden hacer eso con cuatro cellos? –la sonrisa de Sirena, sus ojos circundados por sombras negras y su pelo, desde entonces rojo, eran iluminados por las luces de un carro estacionado dispuesto despedirse del concierto de Apocalyptica en el Teatro Ferrocarrilero.

–No sé, pero están cabrones. Quiero aprender a tocar el cello –bromeó Gallo para transformar la sonrisa de Sirena en una carcajada. El Gallo acarició la piel de nieve de ella, se besaron.

–Te amo, mi Doncella –susurró a sus labios.

–Yo te amo más –contestó ella para continuar besándose.

Gallo se hizo para atrás y observó el brillo de los ojos de Sirena, era mayor que el de las luces de los carros. Ella sonrió. Se quedaron así un momento, apreciándose.

–Quédate en mi departamento –Sirena tomó la mano de él. Suspiró–, para siempre –El Gallo se sorprendió. Boquiabierto, cerró los ojos para después contestar con una sonrisa.

–¿Es en serio?

–Sí.

–¿Y tu mamá?

–Se va a ir a vivir fuera. Ella no importa. Quiero que vivamos juntos.

El Gallo no lo pensó y la volvió a besar. Se fundieron a la luz de naves que vaciaban el estacionamiento del lugar.

 

El ruido de la regadera inunda el departamento. El Gallo transita entre los muebles que cambiaron de posición después de su partida. Lleva en sus manos una bolsa grande de Doritos que no suelta. Se dirige a la ventana en la que se puede ver la Torre Mayor y parte del Castillo de Chapultepec. Exhala sobre ella. Voltea a ver hacia el baño para asegurarse de que Sirena sigue dentro, de nuevo percibe la caída incesante de agua sobre el mosaico. Se dirige hacia el vidrio recién empañado para dibujar una carita triste y escribe una palabra que ya no volverá a pronunciar: doncella. La observa desaparecer.

 

–¡Estás pero si bien pendejo si crees que soy de tu propiedad! –Sirena apenas podía mantenerse de pie y aun así amenazaba al Gallo con la mano con la que también sostenía un vaso de plástico con algo de tequila.

–¡Pinche puta! –exclamó él al golpear una mesa–. ¿No puedes mantener las pinches piernas cerradas? –Sirena le aventó el contenido de su vaso.

–¡Qué si me quiero coger a otro? Ni siquiera estamos casados.

–¿Vas a echar a perder diez años? –El Gallo pasó la mano sobre su chamarra de cuero manchada por la bebida y después se la quitó.

–¿Y ya por eso me vas a querer aquí encerrada? ¿Para qué? ¿Para lavar tus pinches calzones? ¿Para tener cuatro chamaquitos chingando? ¡No soy tu mamá! –ella se dirigió a la mesita de centro de la sala, dejó el vaso de plástico y agarró la botella de José Cuervo.

–¿Desde cuándo te lo estás cogiendo, eh? Me cae que lo sabían todos tus amiguitos que vinieron y yo aquí poniendo cara de pendejo. Y todavía lo saludo al güey: Qué chingón que sí viniste al cotorreo –El Gallo aventó la chamarra a la mesa del comedor en la que había golpeado antes.

–Lo conocí hoy –contestó ella desafiante. Él se llevó una mano a la cintura y la otra a la frente. Le dio la espalda a Sirena y caminaba en círculos.

–¡No mames! ¿Sabes la de viejas que he tenido chance de tirarme pero por ti no lo he hecho?

–Allá tú. Desde el principio quedamos que iba a ser unión libre –Sirena juntó las palmas de las manos con la botella de tequila en el centro–. Unión porque íbamos a vivir juntos. Compartir la cama –después las separó y llevó los brazos a los extremos–. Pero íbamos a conservar nuestra libertad. Y eso te lo pedí desde que trajiste las cajas con tus pinches cassettes.

–Tampoco era como para cogerte a otro y menos aquí cuando yo estoy –Gallo barrió con la mano la ceniza tirada en el asiento de una silla y se sentó cabizbajo. –¿Qué le viste? Ni siquiera está guapo.

–Empezamos a platicar, lo trajo Courtney. No está guapo pero es gracioso. Y como estábamos tomando –la palabra la hizo recordar la botella que tenía en la mano y la llevó a la boca. También se sentó. –Vi que la tenía parada… se me antojó. No lo pensé –contó sin mirarlo.

–¿Cuántas veces lo has hecho? –Sirena no contestó, volvió a tomar de la botella y siguió sin verlo a los ojos. –¡Que cuántas veces lo has hecho? ¡Contéstame, pinche zorra!

–¡No me vas a hablar así en mi casa! –ella se levantó furibunda pero perdió el equilibrio y volvió a caer en el sillón–. Es más. Ya lárgate –chasqueó los dedos.

–A güevo que me voy –El Gallo se puso de pie y agarró su chamarra. Se dirigió a la puerta, antes de salir algo lo detuvo–. ¿Te has cogido a alguno de mis cuates? –ella se quedó de nuevo en silencio ante el dedo índice que, tembloroso, la amenazaba.

–¡Ya vete! –espetó ella, El Gallo gruñó bajo el umbral de la salida.

–Mañana vengo por mis cosas.

–Ya van a estar afuera –él azotó la puerta. Bajó corriendo las escaleras. Al salir se puso su chamarra. Se metió en su combi y prendió la radio.

¿Qué deseos tienes para este 2003?

Lo clásico: salud, dinero y un amorcito por ahí. Ojalá que todos los que nos escuchan inicien tan bien el año como nosotros nos la estamos pasando aquí.

Y para continuar esta fiesta de año nuevo, ya están con nosotros Los Tucanes de Tijuana con “La chica sexy”. Todos a…

El Gallo golpea el volante y prefiere poner Songs for the deaf.

 

–Ya estoy lista.

Gallo está sentado en un banco alto, atento al movimiento de las nubes que pasan detrás de Torre Mayor. Al escuchar a Sirena voltea a verla, la escanea de abajo a arriba. Como siempre, ella sabe lucirse sin complicaciones. Lleva tenis Adidas blancos con tres franjas azules diagonales a los costados, las agujetas se esconden en la mezclilla deslavada que cubre parte del calzado. Sus piernas largas y torneadas están disfrazadas de mezclilla azul clara, el fin del pantalón está en su cintura. Lleva un cinturón blanco que al ajustarse a su talle baja para bailar con sus muslos. Blusa negra pegada y lo suficientemente corta para dejar que su nuevo tatuaje de la espalda baja se asome al igual que su vientre plano, blanco y terso. Sus senos, presos a la prenda, buscan una salida; la tela parece no poder contenerlos, tiene pliegues que muestran su esfuerzo por detener uno de los principales atractivos de la pelirroja. Su pelo ondulado cae en aguacero, bestial y fugitivo, sobre sus hombros y su espalda; indomable como ella. Maquillaje discreto, lápiz labial rosa cremoso que invita a lamer sus labios, y las sombras negras periféricas a sus ojos. Gallo queda boquiabierto, ella ríe y se acerca a la puerta para apresurar la salida. Él, autómata, la sigue pero no camina, levita enganchado a la fragancia edénica de ella. En cuanto Sirena abre la puerta, el aire frío asalta al departamento, ella regresa a su cuarto y se pone una chamarra de cuero café que también permite presumir el logo de Skarcha Spacial. Sube el cierre de la chamarra, la arremanga y regresa con El Gallo.

–Ahora sí, ya estoy lista.

 

La casa de Alekz luce repleta, vomita gente que permanece en las banquetas a la luz de un faro intermitente. Desde afuera se escuchan los bajos de “Whoo! Alright – Yeah uh uhu” de The Rapture. Sirena comienza a bailar en la calle, salta y da una vuelta sobre su propio eje con los brazos abiertos, grita, se baja el cierre de la chamarra y corre hacia la fiesta ante las miradas de fauno que le echan los visitantes callejeros. El Gallo se queda atrás, sabe que no la volverá a ver.

El tatuador es recibido por un tipo de lentes cuadrados de pasta dura y camisa a cuadros que le da a beber de su cerveza. Ambos asienten con la cabeza. Sigue su camino en busca del Alekz. La música rebota en las paredes iluminadas por un estrobo que relampaguea luces azules, verdes, rojas y amarillas. El escenario en el que los pies del DJ se mueven de un lado a otro apenas está sobre el nivel del suelo. Parejas y solitarios mueven la cabeza, levantan las manos con sus botellas de cerveza o vasos de plástico con un hielo al ritmo de la música. El Gallo camina y esquiva los brazos serpenteantes de la gente, se detiene y voltea a ver si, de casualidad, encuentra a Sirena. No la ve y continúa su búsqueda por el anfitrión.

–¿Qué pedo, güey? ¿Has visto al Alekz? –pregunta a un tipo estático de ojos rojos que se entretiene viendo la dinámica de sus luces a través de su vaso desechable.

–Pfff, ya tiene rato. ¿Ya fuiste arriba? Ha de andar por allá.

–Vientos.

En cuanto llega a las escaleras, escucha la risa de su amigo que está rodeado de mujeres delgadas y coquetas, no hace falta describir su poca ropa, al pie del último escalón. Alekz lo ve desde arriba, enrosca los dedos de su mano derecha y se los avienta al tatuador.

–Güevos, pinche Gallo –ambos ríen mientras las mujeres que rodean a Alekz voltean a ver al recién llegado.

–Güevos, pinche Alekz –las mujeres se unen al coro de risas de los amigos. El Gallo abraza al Alekz para después ser presentado ante las desconocidas.

–Este güey es un tatuador vergudo. Si quieren una chichi o una nalga pintada, él es el indicado –la música de The Rapture se mezcla con “Newcomers” de The Comsetics, la cual es bienvenida entre gritos.

–¿Qué pedo con la música, eh? ¿Quién es ese güey? –El Gallo señala al pinchadiscos que no deja de moverse sobre su escenario improvisado.

–¿A poco no lo conoces?

–Nel.

–Es un compa de Los 40, es el locutor de mi programa, El Lüger, y ahora está en su etapa DJ –el anfitrión explota una carcajada que es seguida por la de sus acompañantes–. Pero no te creas, él nos trajo a nuestras amigas –los brazos de Alekz no se dan abasto para apretar contra sí a las mujeres que lo acompañan –Y tú, qué pedo. ¿Vienes solo?

–Vine con la Sirena, pero ya sabes: es lo mismo que venir solo.

–Niñas –Alekz se dirige a sus compañeras–. A este güey me lo tratan como si fuera yo –el anfitrión guiña al tatuador cuando una de las acompañantes abraza al Gallo y le saca la lengua a las otras.

–Él es para mí solita –dice la coqueta. Todos ríen.

–Pues vámonos por algo, ¿no? –invita Gallo a su ligue de pelo corto y que también lleva lentes cuadrados de pasta dura.

La escalera de revestimiento recibe los pasos cuesta debajo de los tenis rotos del Gallo y de las botas de su acompañante. Van con cuidado de no resbalar entre líquidos desperdiciados y esquivan personas que platican alejadas del estruendo de las bocinas. Por momentos, El Gallo y la mujer de minivestido negro con mallas rojas se voltean a ver para sonreírse. Ella lo toma de la mano para apresurar su llegada a la barra.

 

El tatuador se abotona el pantalón raído y se sienta a la orilla de la cama. Antes de ponerse la playera, mira a la mujer de lentes de pasta dura tratar de ajustarse el sostén.

–¿Me ayudas? –ella le entrega su espalda tostada. Gallo intenta, con torpeza, cumplir el favor.

–Es que…

–Estás más acostumbrado a desabrocharlos. Todos dicen eso –interrumpe ella.

–Ya quedó. No, es que algo le pusieron al chupe. Soy experto en poner sostenes –dice él con ademán de galán de telenovela matutina. La risa de ambos evita que los gritos y la música de afuera entren al cuarto decorado con sus prendas sobre los muebles.

Ella voltea a ver al Gallo para sonreírle una vez más. Él no la había observado antes, hasta ese momento solo había sido una mujer sin rostro. Solo había sido un culo y unos senos, unos labios y unas manos, unas piernas y su punto de fuga buscado. Sin sus lentes, el café profundo de sus ojos pequeños acentúa el rojo de su ropa interior, la cual, por alguna extraña vanidad femenina, combina con las mallas que ahora están sobre el suelo alfombrado. Él nuevamente la besa y, al separarse, la vuelve a observar. Se percata de que entre sus senos levita un colguije de metal con una Z sobre una N deformadas. Lo toma entre sus manos sin pedirle permiso.

–¿Y esto?

–Es de Zafio Nerón, ¿no te laten?

–… algunas, eh. A veces se me hacen muy azotados o muy grilleros.

–Tú muy mal –ella le arrebata el accesorio al Gallo y lo resguarda entre sus manos pegadas a su pecho. Suspira. –Ahorita estoy súper feliz –aún sentada, da un minisalto de emoción sobre la cama.

–¿Por?

–¡Regresan a México!

–¿Otra vez? Ya vinieron este año, ¿no?

–Sí, pero ahora sí se van a quedar aquí.

–Cámara –dice sin interés El Gallo. Después de un silencio, busca su playera negra entre las sábanas, halla primero el vestido de ella, se lo ofrece y luego se aleja de la cama para alcanzar su prenda que se encuentra sobre una silla de oficina con el respaldo guango. Se termina de vestir. Ambos evaden la mirada. Él es el primero en abandonar el cuarto, no sin antes dedicarle un hasta luego discreto que ella solo responde con un asentimiento de cabeza.

En el pasillo, ahora solitario, “Creep” de Radiohead parece ser más desgarradora, al igual (o más) que los gritos de quienes la washawashean. El Gallo baja las escaleras con la esperanza de no encontrarse a nadie que le interrumpa la huida. Cuando pasa por el territorio del locutor en papel de DJ, justo donde los alaridos del público al concierto ausente de Radiohead son más altos, distingue una voz empedrada que lo hace voltear hacia el ponchadiscos. Sirena está abrazada al ídolo de la fiesta, cachete con cachete. Los movimientos del DJ ahora son sobre el escenario del cuerpo de Sirena. Gallo sonríe nerviosamente y acelera su salida. Mientras la fiesta apenas inicia para Sirena, para él ya terminó.

 

 

Soundtrack de este capítulo:

 

AC / DC, “Highway to Hell”, Bon Scott/Angus Young/Malcolm Young, Highway to Hell, Sony Music Distribution, Australia, 1979.

Metallica, Metallica, Elektra, Estados Unidos, 1991.

Mastodon, Estados Unidos.

Nirvana, “Polly”, Dave Grohl/Krist Novoselic/Kurt Cobain, Nevermind, Estados Unidos, 1991.

Café Tacvba, “Bar Tacuba”, Joselo Rangel, Café Tacvba, México, 1992.

Cannibal Corpse, “Covered with Sores”, Chris Barnes, Butchered at Birth, Estados Unidos, 1991.

Steel Pulse, “Handsworth Revolution”, Selwyn Brown/Basil Gabbidon/David Hinds/Alphonso Martin/McQueen/Steve Nesbitt, Handsworth Revolution, Mango, Inglaterra, 1978.

Los Tucanes de Tijuana, “La chica sexy”, Mario Quintero Lara, Jugo a la vida, Universal Music, México, 2002.

Queens of The Stone Age, Songs for the deaf, Universal Music, Estados Unidos, 2002.

The Rapture, “Whoo! Alright yeah… Uh huh”, The Rapture, Pieces of people we love, Universal Music, 2006.

The Cosmetics, “Newcomers”, The national flavour EP, Independiente, 2008.

Radiohead, “Creep”, Colin Greenwood/Jon Greenwood/Ed O’Brien/Phil Selway/Thom Yorke, Pablo Honey, EMI, 1993.